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2019 Elecciones - Publicado en el Diario de León

escudoDiocesisINTENSAS JORNADAS DE REFLEXIÓN

(D. Antonio Trobajo Díaz) Vicario Episcopal de Relaciones Públicas – LEÓN  (Diario de León, 23-IV-2019)

      Ante el maratón de citas electorales que se nos aproxima conviene valorar ética y políticamente lo que eso supone: poder votar y votar en libertad es tanto como reconocer que uno tiene capacidad de opinar sobre lo que quiere para la cosa pública y, además, de apuntar de forma directa hacia quién y cómo ha de ejecutar esa voluntad. Esta capacidad, que es derecho natural, conlleva una doble obligación, contra las tentaciones de escepticismo o nostalgia: la de acudir a las urnas como forma de corresponsabilidad, y además la de pensar bien cómo orientar el voto, lo que exige una concienzuda información, que ayude a sopesar lo que promete cada partido o grupo en su programa en favor del bien individual y común.

      Pero, ¿a quién votar? Aquí entran en juego personas y programas. Con la llamada “partitocracia” parece que el individuo importa menos; es el “aparato” del partido el que ordena y manda. Sí, pero no. La estructura del partido tendrá su fuerza, pero el factor humano, es decir, el candidato, va a ser determinante. Importa el programa, evidentemente, pero, a la hora de la verdad, importa mucho la persona a quien voto: quién es, cómo actúa, qué opción fundamental tira de ella, cuál es su escala de valores, cómo es su trayectoria pública y privada... Es evidente que no todos merecerán la misma confianza.

      El otro apartado es el de los programas con sus propuestas concretas. Valórese si nacen de ideologías que no respetan los derechos fundamentales, o si pretenden ventajas y medros particulares, o si buscan, aunque sea contra justicia e igualdad, votos clientelistas, o si lo que ofrecen son señuelos muy atractivos pero irrealizables. Aquí deben tener su peso específico el realismo (“el arte de lo posible”), el apoyo a los valores básicos (vida, libertad, justicia, familia, salud, trabajo, educación, vivienda…),  la solidaridad con quien puede estar en riesgo de exclusión o discriminación (pobres, emigrantes, ancianos, niños, mujeres…) y el principio de subsidiaridad, que descarta usurpar competencias y compromete ayudas desde fuera.

      Esta tribuna no pretende forzar ningún voto. Ni de los católicos ni de los que no lo son. Cada uno debe buscar en su conciencia la respuesta, ya que estamos ante una cuestión del orden ciudadano o temporal. Ninguna de ellas será Evangelio puro. El creyente y quien, sin serlo, busque lo mejor, tienen en lo escrito, inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia, bastantes pistas como para convertir estos días en intensas jornadas de reflexión.

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