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2020 ABRIL - ANTONIO TROBAJO EN LA PAZ DE CRISTO

ANTONIO TROBAJO EN LA PAZ DE CRISTO[1]

             Hay noticias que sorprenden siempre, aunque en cierto modo se esperasen y temiesen. Esto es lo que ha ocurrido con el fallecimiento en Madrid del ilustrísimo señor D. Antonio Trobajo Díaz, Deán-Presidente del Cabildo de nuestra Santa Iglesia catedral y Vicario Episcopal de Relaciones públicas de la diócesis entre otras dedicaciones. Lejos de sus lares, de la silla del coro y del altar de nuestra catedral, de la mesa del despacho de la Vicaría Episcopal de Relaciones públicas y de la cercanía de sus hermanos en el sacerdocio, entre los que me encuentro yo también por aquello de “con vosotros soy el hermano, para vosotros soy el obispo”, que decía san Agustín.

            Hoy es sábado santo. La Iglesia guarda un silencio sagrado velando a su Señor y Esposo que descansa después de la dura batalla contra el poder de las tinieblas y en la aparente victoria de sus enemigos que consiguieron que fuera condenado por el Gran Consejo, denunciado ante Pilatos, el cobarde procurador romano que se lavó las manos. Jesucristo, entregado a la muerte en cruz como los criminales, murió fuera de la ciudad santa como un excomulgado. En estos días lo estamos recordando. Pero llegaría el día tercero, tal y como el propio Jesús había anunciado, volviendo a la vida como decía el viejo catecismo: “para nunca más morir”, cumpliéndose aquello de: “muerte y vida trabaron duelo y, muerto el dueño de la vida, triunfante reina ahora en tierra y cielo”.

            Ante la noticia, triste y dolorosa, del fallecimiento de D. Antonio somos muchos, sin duda, los que lamentamos el que se haya ido de nuestro lado. Quienes por afecto, amistad, gratitud y en mi caso además como pastor diocesano sentimos profundamente la muerte del familiar, el amigo, el benefactor y el colaborador competente, entregado y seguro. La diócesis de León y su presbiterio pierden a uno de sus esforzados y valiosos trabajadores de la viña del Señor. Pero, si nos detenemos a reflexionar, nos damos cuenta de que lo recuperamos de otro modo, con la certeza que nace de la fe cristiana, con la serenidad que se basa en la palabra del Señor y con el afecto que permanece junto a la gratitud hacia quien gastó su vida haciendo el bien.

            Ninguna vida gastada en el servicio a los demás es inútil. Ninguna contribución al bien común lo es, máxime en la misión pastoral de los sacerdotes. Y me refiero especialmente a los presbíteros diocesanos o seculares. Lo propio de estos es estar en el mundo, es decir, asumiendo la vida, la cultura y los demás valores de la sociedad, pero sin ser del mundo (cf. Jn 17,10), es decir, manteniendo la identidad y el estilo de vida requerido por una opción personal, libre y madura, en este caso la del sacerdote católico. En este sentido D. Antonio, como tantos sacerdotes de esta bendita tierra, supo conjugar identidad y adaptación, clasicismo y modernidad.

          Antonio deja un hueco que será difícil llenar. Pocos como él han sabido reunir y sintetizar cualidades y valores que germinan y se manifiestan en personas diferentes. Sus estudios y especialidad en Letras clásicas fueron posibles gracias a su tenacidad, en una época en que los obispos no solían autorizar estudios en las universidades y centros superiores que no fueran la Filosofía, la Teología o la Sagrada Escritura. Pero D. Antonio lo consiguió durante el curso 1969-70 en la Universidad Pontificia de Salamanca, después de haber obtenido el grado de licenciado en Teología en la misma sede. Su argumento fue poder “rendir en mayor medida en el servicio de la diócesis y de la Iglesia” y “los deseos de ser lo más útil posible a esta”. El obispo se lo concedió “por un año”, bien aprovechado, ciertamente.

            Gracias, D. Antonio, también en lo personal. Con mi afecto hacia tu familia. Descansa en la paz de Cristo con los incontables y buenos sacerdotes leoneses que te precedieron.

           +Julián, Obispo de León

[1] 11 de abril de 2020, Sábado Santo.

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