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2020 Mayo - "VEN ESPÍRITU SANTO, LLENA LOS CORAZONES DE TUS FIELES"

Queridos diocesanos:

            Al llegar la solemnidad de Pentecostés, todas las confesiones cristianas celebran la venida y manifestación del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos, más bien recluidos, en un mismo lugar de la ciudad de Jerusalén (cf. Hch 2,1ss.). El episodio, muy conocido y plasmado en incontables representaciones artísticas, significó el comienzo de la misión evangelizadora de la Iglesia.  

            Pero deseo evocar este acontecimiento que marcó para siempre a quienes lo vivieron, porque yo mismo, seguramente como muchos de vosotros, he experimentado en las pasadas semanas ese síndrome de la auto-reclusión impuesta por el peligro de contagio del Covid-19. Y me ha hecho recordar la situación personal de los discípulos de Jesús después de la muerte de su Señor y Maestro. Lo afirma expresamente el evangelista san Juan apuntando expresamente la causa: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos” (Jn 20,19). La actitud de aquellos discípulos, en la que se mezclaban el miedo y una tremenda sensación de fracaso, es perfectamente explicable. Recordemos el comentario de aquellos dos que regresaban a su lugar de origen: Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió” (Lc 24,21).

            El aislamiento, impuesto por las pasadas circunstancias, nos ha afectado de algún modo a todos, adultos y niños, mayores y jóvenes. Ha sido impresionante, al asomarse a la calle y comprobar la ausencia de las personas, de los vehículos e incluso de las palomas que picotean por la plaza de la Catedral restos de comida, como yo mismo he podido observar. Más de una vez, al contemplar ese panorama, he tenido una sensación extraña en la que se mezclaban la tristeza, el temor, la añoranza…, elementos sin duda del miedo, acompañado de una cierta angustia. Los psicólogos explicarán mejor que yo esta realidad, con sus posibles mecanismos de autoprotección o defensa. De todos modos, desde el momento en que se ha iniciado “la desescalada” y el retorno progresivo a la “normalidad”, ese “síndrome del enclaustramiento” ha empezado a remitir. Dios quiera que no deje secuelas psicológicas o sociales irreparables en ninguno de nosotros.

            No obstante, evocando el primer Pentecostés de la historia, ocurrido precisamente cuando los discípulos de Jesús “estaban todos juntos”  dominados por el miedo y la frustración, creo que merece la pena contemplar el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles fijándonos en el resultado final. San Lucas, el autor del Libro de los Hechos de los Apóstoles, es muy expresivo: “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse” (Hch 2,4). Es decir, se sintieron invadidos por una fuerza incontenible que los echó, primero a la calle y después al mundo entero para anunciar la salvación por Jesucristo.

            Afortunadamente para nosotros la onda expansiva del primer Pentecostés no solo no se ha apagado sino que llega y seguirá llegando a la Iglesia y a la humanidad porque el Señor así lo prometió: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). El Espíritu Santo es quien hace presente a Jesucristo.

+Julián, Obispo de León

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