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2020 Enero - Domingo III del Tiempo Ordinario

Octavario de Oración “por la Unidad de los Cristianos”  - (Real Colegiata de San Isidoro, 25-I-2020)

 “Convertíos y creed la buena noticia”

 Is 8,23b-9,3; Sal 26                     1 Cor 1,10-13                   Mt 4,12-23

        La celebración eucarística vespertina en la que estamos participando nos introduce ya en el domingo “día del Señor y fiesta de los cristianos”, pero tiene también el carácter de clausura diocesana del “Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos”, plegaria que debe animar y nutrir siempre nuestro espíritu pero especialmente durante estas jornadas. Culminan hoy, por tanto, ocho días entre el 18 y el 25 de enero en los que se invita a todos los fieles cristianos, tanto católicos como pertenecientes a otras comunidades, a encontrarnos en una plegaria común y, si es posible, compartida, para hacer nuestra la oración del Señor durante la última Cena con los apóstoles: Padre santo… a los que me has dado… que sean uno, como nosotros” (Jn 17,11b.; cf. 17,21). La oración común ha de alentar también nuestro compromiso de trabajar en favor de la unidad.

1.- La liturgia del domingo III del tiempo Ordinario

La clausura del octavario tiene lugar, normalmente, en la Fiesta de la conversión de san Pablo, asignada al referido 25 de enero. Pero, al coincidir este año dicha fiesta en domingo, estamos celebrando ya el “día del Señor” desde la tarde del sábado. Por  este motivo nuestra atención se centra en la liturgia dominical y en las lecturas de la palabra de Dios que corresponden al domingo tercero del denominado “Tiempo durante el año” o “Tiempo Ordinario”.

En efecto, el evangelio que se acaba de proclamar narra la convocatoria de los primeros discípulos por el Señor en los comienzos de su ministerio público. La misión para la que fueron convocados aquellos hombres, comprendía una verdadera vocación de origen divino según lo que entendemos habitualmente por esta palabra, es decir, una llamada especial por parte de Dios a participar en la misión de Jesucristo. La vocación, manifestada primero en Jesucristo y después en sus discípulos, corresponde al anuncio efectuado por el profeta Isaías acerca del “día del Señor” al que se refería la primera lectura que hemos escuchado: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló» (Mt 4,15-16; cf. Is 8,23; 9,1).

2.- Llamada a la conversión y vocación de los primeros discípulos

Efectivamente, hemos escuchado en el evangelio que Jesús, informado del arresto de Juan el Bautista, se dirigió a aquella región manifestando de ese modo el alcance y la orientación de la misión que había venido a cumplir acercándose primeramente a los pobres y a los olvidados. El evangelista san Mateo relaciona expresamente este hecho con el cumplimiento de la profecía de Isaías que acabo de citar, para referir, a continuación, la llamada del Señor a la conversión: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 4,17; cf. Mc 1,14). Los contemporáneos del Jesús esperaban una manifestación divina que habría cambiado el aspecto del mundo trayendo para todos justicia, paz, amor y alegría. Y, efectivamente, Jesús anuncia la llegada de ese Reino pero añade que, para entrar en él, es necesario convertirse. De este modo quedaba clara la naturaleza espiritual de su reinado que, en modo alguno, podría ser considerado como un hecho de carácter político sino, más bien, como una realidad establecida en los corazones por medio de un verdadero cambio de mentalidad y de actitudes, es decir, por medio de la conversión. En este sentido el Reino de Dios no es de este mundo aunque se realiza dentro de él, en el seguimiento de Jesucristo.

El evangelista narra a continuación la vocación de los primeros discípulos: Simón (Pedro) y Andrés, Santiago y Juan, dos pares de hermanos. Después llamaría a los demás (cf. Mt 10,2; etc.). Es significativo que, desde el principio, Jesús haya querido contar con algunos hombres para asociarlos, como colaboradores, a su propia misión. Podría haber prescindido de ellos, porque Él era el Hijo único del Padre (cf. Jn 1,14; 1 Tim 2,5; etc.), pero actuando de este modo, manifestaba y unía las dos dimensiones de su amor: el amor filial al anunciar el reinado de Dios y el amor fraterno al asociar a esta obra a unos hombres como discípulos. Los primeros llamados eran unos pescadores que estaban faenando en el lago. Jesús les dijo, al llamarlos, que los hacía “pescadores de hombres” (Mt 4,19 y par.) elevándolos a un nivel completamente diverso y no para la muerte, como sucedía con los peces, sino para transmitir vida, la vida de los hijos de Dios (cf. Jn 2,37-50; 1 Jn 1,1-3; etc.).  

 3.- La unidad de los discípulos al servicio de la misión

La segunda lectura permite subrayar otro aspecto del seguimiento de Jesucristo: los apóstoles son “sus” instrumentos, la obra es siempre del Maestro y Señor (cf. Mt 23,10; 26,18; etc.). San Pablo afirma esto a causa de las discordias existentes en la comunidad de Corinto, basadas en una especie de culto a la personalidad: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo» (1 Cor 12,12; cf. 3,22). El apóstol reaccionó con vigor ante esa situación afirmando que solamente quien fue crucificado por nosotros y en cuyo nombre hemos sido bautizados, es decir, Jesucristo, tiene el derecho a ser considerado como el “único Maestro” y el “único Señor” (cf. 1 Cor 12,20.25.27-30).

La obra de la salvación con todo lo que conlleva es suya, de manera que los apóstoles y todos los colaboradores en el ministerio apostólico en su integridad tenemos el privilegio de haber sido asociados a su obra de la salvación humana, motivo por el que no debemos ni podemos pretender el primer puesto. Hacer esto significa distorsionar y destruir esa obra. Dejaríamos de ser sus “enviados”. Conviene recordar la afirmación paulina: “ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer” (1 Cor 3,7).

Por el contrario, alegrémonos de saber que el Señor continúa su obra sirviéndose de todos nosotros. Es a Él a quien debemos nuestra gratitud y nuestra adhesión porque ha querido contar con nosotros como discípulos, cooperadores suyos y servidores de los demás en su nombre.

+Julián, Obispo de León

Nota: Al comienzo de la Misa tendrá lugar, además, la entronización solemne del Leccionario.

En Roma el papa Francisco hará un gesto simbólico: entregará la Biblia a 40 personas que representan tantas expresiones de nuestra vida cotidiana. A todos se les entrega la Sagrada Escritura «para indicar la atención que estamos llamados a conceder a la Palabra de Dios, para que no quede como un libro en nuestras manos, sino que se convierta más bien en una continua llamada a la oración, la lectura, la meditación y el estudio», ha señalado el arzobispo de Vicohabentia.

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