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2020 Febrero - Miércoles de CENIZA

(S.I. Catedral, 26-II-2020) - "Es el tiempo de la gracia"

Jl 2,12-18; Sal 50           2 Cor 5,20-6,2           Mt 6,1-6.16-18

            Un año más ha resonado en la asamblea cristiana la exhortación paulina que la Iglesia hace suya al comenzar la Cuaresma: "Os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios... Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación" (II lect.). Mediante el rito de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas la Iglesia nos invita a entrar en este tiempo litúrgico con firmeza y decisión. Los cuarenta días que transcurren hasta la celebración de la Pascua constituyen una gracia renovada por parte del Señor y una nueva oportunidad para nosotros de volvernos a Él sincera y profundamente. En esto consiste la conversión cristiana que la Iglesia nos propone y facilita. Aprovechemos esta gracia.

1.- El retorno a la casa paterna

        “¡Volveos a mí de todo corazón! Con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios!” nos decía el profeta Joel en la I lectura (2,12-13a). Escuchemos esta voz. El Señor mismo nos llama para que volvamos a la casa paterna de la que, quizás, nos hemos alejado. Es una voz conocida, una invitación familiar. No porque la escuchemos todos los años, ha perdido fuerza o eficacia. Todo lo contrario. ¡Es Dios mismo el que nos espera dispuesto a acogernos con la misma actitud del padre en la parábola del hijo pródigo que, al ver a su hijo, “se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos” (Lc 15,20)!  Dejémonos tocar el corazón por esta llamada y apresurémonos para ir al encuentro de quien no se cansa de esperar.

Decía el profeta en la I lectura “Rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos” (Jl 2,13a). Sus palabras encierran una invitación, una llamada vibrante, al cambio de actitud y a volver de nuevo al Señor. En esto consiste la conversión verdadera a la que nos llama la Iglesia durante la Cuaresma con las palabras del profeta. Por eso de poco valen las palabras o los buenos deseos o los simples propósitos si no se produce ese giro radical en la práctica. Como tampoco vale una penitencia superficial, meramente formal. Porque el Señor quiere y espera que cambiemos nuestro espíritu, todo nuestro ser. De nada sirven los gestos externos como, en otro tiempo, el rasgarse las vestiduras, un gesto muy común entre los judíos. Dios desea que rompamos con nuestro pasado oscuro o menos limpio, que nos arrepintamos sinceramente de nuestras actitudes, infidelidades y pecados, que dejemos atrás todo aquello que no agrada a Dios y que volvamos a Él de nuevo con un corazón contrito y humillado.

2.- La conversión del corazón

La Cuaresma nos propone un auto-examen para hacer realidad lo que proclaman el profeta y el apóstol en las lecturas que hemos escuchado y lo que el mismo Señor nos sugiere en el evangelio: la conversión del corazón y no solo la práctica de unos actos o gestos que solo tienen valor si van precedidos o acompañados de una actitud sincera y efectiva de cambio en nuestras vidas. Lo he recordado antes. Y el profeta nos indicaba también el fundamento de la llamada a la conversión: que el Señor es “un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del castigo” (Jl 2,13b) La Cuaresma, por tanto, es tiempo de cambiar el corazón, no sólo con prácticas externas sino con un giro de la mente  y de la voluntad: “Convertíos a mí de todo corazón”, dice el Señor (cf. Jl 2,12). La Cuaresma no es una mera manifestación externa, un cambio en el decorado o en algunos signos como el color de los ornamentos, los cantos, etc. Es la conducta, las actitudes y los pensamientos, los juicios de valor, en una palabra, lo que se ha de modificar.

         Los cuarenta días que se nos ofrecen hasta la fiesta de Pascua tienen como finalidad  ayudarnos a centrar nuestra mirada, nuestras actitudes y nuestras obras, en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, pero no como un mero recuerdo del pasado sino como un acontecimiento que transforma nuestra manera de pensar y de actuar. Esto es lo importante porque repercute en nuestra vida. De lo contrario estaremos desperdiciando una gracia del Señor, una nueva oportunidad que nos ofrece.

3.- Del rito a la vida cotidiana

 La imposición de la ceniza es un gesto muy significativo, pero debe ser rectamente comprendido y aceptado. No es ninguna especie de talismán o protección contra nada. Su significado, ciertamente, tiene mucho que ver con la realidad del duelo ante la muerte en algunas culturas. Recuerda, sí, la caducidad de las cosas, incluso de nuestro cuerpo, pero no preserva de nada. Es, sencillamente, un aviso para que tomemos más en serio nuestra vida terrena y atendamos más a los valores del espíritu. Es una manera de recordarnos que no podemos apoyarnos solamente en nosotros mismos, en nuestra imagen más o menos joven o bonita, porque todo esto es pasajero. Volvámonos a Dios, a Jesucristo, al evangelio, que cambia la tristeza en alegría y la ceniza en corona de gloria como anuncia, por ejemplo, el profeta Isaías (cf. Is 61,3).

Comencemos la Cuaresma con ilusión y esperanza. Es el Señor el que nos llama y nos ha dicho por medio de san Pablo en la II lectura: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,20) para que Él tome nuestra vida, la regenere y la haga hermosa y digna de Él.

+Julián, Obispo de León

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