Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. 

2017 - FIESTA DE SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA

Clausura de la XVI Semana de Pastoral - Apertura del Año pastoral diocesano vocacional 
(S.I. Catedral, 21-IX-2017) - "Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo"

             Ef 4,1-7.11-13;             Sal 18             Mt 9, 9-13

            Me parece providencial el que tanto la clausura de la XVI Semana de Pastoral como la apertura del nuevo curso, tengan lugar en la fiesta del apóstol y evangelista San Mateo. Lo digo porque este discípulo, uno de los primeros llamados por nuestro Señor y Maestro, nos ofrece un ejemplo muy hermoso de lo que supone seguir a Jesucristo y de lo que significa, en definitiva, toda vocación cristiana.

1.- La vocación del publicano que se convierte en apóstol

             El relato evangélico, escrito por el propio protagonista, narra su vocación, episodio al que siguió una comida en la que tuvo lugar una importante y significativa intervención de Jesús que solamente recogió el evangelista san Lucas (cf. 5,27-39). San Jerónimo, al comentar el relato, observa que Mateo se identifica con su propio nombre, mientras que los restantes evangelistas, al referir el mismo episodio, lo llaman Leví, un segundo nombre probablemente menos conocido, como para disimular la condición de publicano del nuevo apóstol. Sin embargo él no tuvo inconveniente en reconocer que fue llamado por Jesús  a pesar del oficio que ejercía y que lo hacía odioso y despreciado por la gente como colaborador de los romanos que ocupaban el país. Bastaría recordar los calificativos que les dedicaban: “pecadores” (Mt 9, 10; Lc 15, 1), “ladrones, injustos, adúlteros" (Lc 18,11), etc.

Pero san Mateo no solo no ocultó su pasado sino que, al reconocerse especialmente llamado, nos ayuda a comprender que la vocación cristiana y particularmente la del apóstol, es, ante todo, un acto de misericordia y de amor por parte de Cristo. No en vano, el Señor, en el ya citado relato paralelo de san Lucas (cf. 5,27ss.), aseguró que no había venido a llamar a los justos sino a los pecadores para que se convirtieran (cf. 5,32). No en vano las personas que han experimentado en la propia vida lo que significa la misericordia divina, están especialmente preparadas para responder a cualquier vocación cristiana. Quien no ha tenido nunca esa experiencia, por pequeña que fuere, aunque se sienta llamado, difícilmente entenderá lo que significa la vocación. La clave de esta realidad reside siempre en el amor misericordioso de Dios que nos redime, nos ennoblece y nos perdona si es necesario. Por eso el verdadero apóstol, el que es llamado por Dios, suele estar dotado de algunas de las virtudes que menciona san Pablo en la Carta a los Colosenses: la compasión entrañable, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia (cf. 3,12; E. 4,1-3.32).

2.- Nuestra respuesta a la llamada del Señor y a nuestra vocación cristiana

             Hasta aquí el testimonio de la llamada y de la respuesta del apóstol san Mateo. Pero la palabra divina nos invita también a pensar en nosotros mismos, llamados igualmente a trabajar en el campo del Reino de Dios aquí y ahora. Tomemos conciencia pues, una vez más, de que somos convocados para realizar una misión que en cierto modo nos desborda. Es lo que nos sugiere también la primera lectura que se ha proclamado, en las palabras vibrantes del apóstol san Pablo, “prisionero por el Señor” (Ef 4,1a) o, como él mismo dirá también en la segunda carta a Timoteo: a causa “del evangelio por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor, pero la palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,8b-9). Mediante estas expresiones el apóstol quería llegar al corazón de sus discípulos para despertar su disponibilidad para la misión.

            Escuchemos también nosotros esas palabras en toda su fuerza interpeladora: “Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados” (Ef 4,1b). La exhortación no puede ser más oportuna en el comienzo de un nuevo curso que se propone como un “Año pastoral diocesano vocacional”. San Pablo habla de convocatoria o tarea general para la que hemos sido llamados en la vida cristiana, y de vocación personal como respuesta de cada uno, exhortándonos a comportarnos de manera coherente. Seguidamente menciona otras cualidades, además de las mencionadas antes y que debemos cuidar igualmente: la humildad, la comprensión mutua, el amor y la unidad. De manera especial la “unidad del Espíritu”, que consiste no solamente en la coincidencia de objetivos y de actitudes en la tarea pastoral sino en lo que constituye la verdadera fuente de esa unidad: la comunión que se ha de vivir en la Iglesia como proyección en ella del misterio mismo del Dios trinitario: Un solo cuerpo” que es la comunidad eclesial; “un solo Espíritu que es el alma de la Iglesia; “un Señor”, Jesucristo, que nos ha hecho miembros de su cuerpo mediante la fe y el bautismo; y “un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” (Ef 4,6) .

3.- Nuestra vocación pastoral común y nuestras vocaciones específicas

             Esta última afirmación se refiere, en realidad, a la fuente de toda esa escalada de valores que deben forjar en nosotros las cualidades necesarias para trabajar pastoralmente en la Iglesia y en el nuevo curso. No olvidemos nunca esta referencia de lo que somos y estamos llamados a perfeccionar como miembros del cuerpo de Cristo y en la unidad del Espíritu Santo. De nuevo nos encontramos ante una visión transcendental de nuestra común vocación cristiana. El texto paulino referente a la pluralidad de funciones: Cristo “ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores…” (4,11), me hace recordar ese otro pasaje de la I Carta a los Corintios cuando san Pablo menciona la diversidad de carismas… de ministerios… de actuaciones… asegurando que a cada uno se le ha dado “la manifestación del Espíritu para el bien común” (cf. 1 Cor 12,4-7; cf. vv. 8-10)

            ¿Qué quiere decir todo esto? En primer lugar que no nos debemos a nosotros mismos, puesto que nuestra condición cristiana y eclesial, nuestro ser ministros de la Iglesia, personas consagradas, apóstoles seglares, educadores en la fe o catequistas, y un largo etcétera de dedicaciones pastorales, todo lo hemos recibido para la edificación del cuerpo de Cristo y la instalación del reino de Dios allí donde nos encontremos. En este sentido lo que somos y tenemos: dones, cualidades, capacidad, valores, etc., lo hemos recibido “para la edificación de la comunidad”, es decir, de la Iglesia, cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 14,12; cf. 14,2-5). Es, justamente, lo que hemos escuchado al final de la I lectura: el Señor nos ha llamado y nos ha constituido a todos, desde el obispo hasta el más sencillo servicio eclesial, “para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo(Ef 4,12).

            Queridos hermanos y hermanas: Es un don inmerecido pero también una gracia comprometedora el saber que el Señor nos ha llamado como hizo con el apóstol san Mateo, para que trabajemos en su heredad, colaboremos en su obra y sigamos construyendo su Iglesia aquí y ahora. No nos faltará su ayuda ni el aliento del Espíritu, como tampoco la intercesión de la Santísima Virgen María, a la que invocamos como Virgen del Camino y a la que celebrábamos, la semana pasada, en su santuario de Reina y Madre de nuestro pueblo. A ella confiamos también el fruto espiritual de este “Año pastoral diocesano vocacional” que inauguraremos al término de esta celebración eucarística y del oportuno “Programa diocesano de pastoral 2017-2018” que nos disponemos a aplicar con la confianza puesta en el Señor.

+ Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65