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2017- CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

(S.I. Catedral de León, 2-XI-2013) "Hoy estarás conmigo en el paraíso"

Is 25, 6a.7-9; Sal 129                Rom 5,5-11;                 Lc 23, 33.39-43

     Todavía  está presente en nuestro ánimo el clima de gozosa esperanza que impregna la celebración de la solemnidad de Todos los Santos, aun cuando en nuestra tierra es el día en el que principalmente se visitan los cementerios o camposantos y se renuevan los vínculos de afecto con los seres queridos que nos dejaron. Esta visita, además de ser una práctica cargada de humanidad, se apoya también en la fe cristiana y en la esperanza de la resurrección despertando recuerdos, vivencias y afectos que subsisten como un desafío a la crudeza de la muerte.

1.- La práctica piadosa de visitar los cementerios

En este sentido las sepulturas constituyen una especie de reclamo para los vivos, como expresión no solo de la caducidad de la vida sino también de la creencia en la eternidad. La misma palabra cementerio significa “dormitorio”, de manera que en ella se alude, aun sin pretenderlo expresamente, a la herencia de la fe judeocristiana tan fuertemente arraigada en el Nuevo Testamento acerca de la resurrección. Visitar los cementerios cristianos constituye, por tanto, un modo de entrar en comunión espiritual con los que “nos han precedido con la señal de la fe y duermen ya el sueño de la paz”, como se dice en la liturgia. Esto es así porque ante la realidad de la muerte el ser humano busca un asidero al que aferrarse o, mejor dicho, una luz que le permita confiar que no todo termina con la muerte. Asidero y luz que tan solo se encuentran en la fe en la resurrección. Por eso, apoyados en ella, deseamos y decimos que los difuntos “descansen en paz”

Es una manera, así mismo, de suavizar la terrible realidad de la muerte, pero los creyentes no podemos olvidar que ha sido precisamente la fe en la resurrección la que no solo ha suavizado el lenguaje relativo al final de la existencia terrena sino también la que infunde el consuelo de la esperanza. Fe y esperanza, dos virtudes teologales que se nutren y robustecen mutuamente porque nos ponen en contacto con la realidad divina, es decir, con el misterio mismo de Dios que existe desde siempre y vive para siempre y, como dice el profeta Ezequiel, “no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Ez 18,23).

2.- La fe y la esperanza en la vida eterna

     Los cristianos deberíamos considerarnos unos privilegiados en la medida en que se nos ha ofrecido, junto con la revelación de un Dios “compasivo y misericordioso” (Sal 103,8), el don de la fe y de la esperanza en la vida eterna, don que tiene su fundamento en la resurrección de Jesucristo (cf. 1 Cor 15,13-14). Concebimos la eternidad como una prolongación del tiempo presente, pero ya el Señor nos advirtió que esa vida es algo completamente nuevo y distinto que “ni el ojo vio ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9). La inmortalidad a la que aspiramos no es simplemente un estado o permanencia inmutable sino una relación de unión plena con Él, que nos sostendrá en sus manos, en su amor y en su ser eterno. Nuestra esperanza descansa, por tanto, en la promesa de Cristo, tal y como se la anunció al buen ladrón que estaba crucificado junto a Él y que escuchábamos en el evangelio que se acaba de proclamar: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).

Esta será la vida que alcance su plenitud, la vida eterna, la vida en Dios. Una vida que ahora sólo podemos imaginar y entrever como se vislumbra la claridad a través de la niebla que envuelve nuestra tierra en el invierno. Porque eso es también nuestra existencia terrena: una especie de bruma que no deja que brille con toda su fuerza la luz de Cristo, pero la esperanza que no defrauda viene en nuestra ayuda porque se apoya en el amor de Dios, derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo, como se anunciaba en la II lectura (cf. Rom 5,5).  

3.- Oración apoyada en la fe en la resurrección

      Pidamos, pues, en esta eucaristía no solo por nuestros padres, familiares y amigos difuntos y, particularmente en esta celebración diocesana, por los obispos  que han guiado nuestra Iglesia legionense, por los sacerdotes, el clero catedralicio, las personas consagradas, los militantes seglares y los fieles diocesanos que completaron su paso por la ciudad terrena esperando llegar a la morada definitiva. Recordemos también a nuestros bienhechores y encomendemos así mismo a la misericordia divina a los muertos a los que nadie recuerda. Oremos por todos los fieles difuntos, para que se cumpla esa firme esperanza garantizada por Cristo, que quiso vivir en la carne la experiencia de la muerte para triunfar sobre ella con el prodigioso acontecimiento de la resurrección: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,5-6).

Ese anuncio, que resonó en la mañana de Pascua ante el sepulcro vacío, ha traspasado los límites del tiempo y llega a nosotros siempre que celebramos la Eucaristía, como decimos al término de la consagración eucarística: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”. Esta certeza constituye el motivo esencial de nuestra esperanza. En efecto, “si hemos muerto con Cristo —recordaba san Pablo aludiendo a lo que aconteció en el bautismo— creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8). Es el mismo Espíritu Santo por quien nos llega el amor de Dios derramado en nuestros corazones, el que hace que nuestra esperanza no sea vana (cf. Rm 5, 5). Dios Padre, rico en misericordia, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza… nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5,6.8). Nuestra justicia y salvación se basan, pues, en la fe en Cristo. Él es el “Justo”, el “Santo” (cf. Hch 3,14), cuya muerte nos ha redimido a todos.

Queridos hermanos: En este ambiente de fe y de serena esperanza, reunidos en torno al altar para ofrecer el Sacrificio eucarístico en sufragio de los fieles que completaron su existencia terrena, pidamos confiadamente al Señor que les conceda el premio eterno prometido a los que procuraron mantenerse fieles a la gracia recibida en el bautismo. Que la Santísima Virgen María, a la que veneramos Inmaculada y gloriosamente elevada al cielo en cuerpo y alma, interceda por los difuntos que recordamos y por todos los que reposan en la espera de la resurrección.

+ Julián, Obispo de León

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