Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. 

2017 - SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Ordenación de un Presbítero  (Santa Iglesia Catedral, 26-XI-2017)
“Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré”

Ez 34,11-12.15-17; Sal 22                     1 Cor 15,20-26                         Mt 25,31-46

        La liturgia de esta tarde nos permite celebrar con mayor intensidad y alegría la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo y resaltar, al mismo tiempo, el Año pastoral diocesano vocacional que iniciábamos el pasado mes de septiembre al término de la XVI Semana de Pastoral. Este significativo domingo que cierra el año litúrgico, nos sitúa ante el significado permanente del reinado de Jesucristo, un reinado “eterno y universal: el reino de la verdad y la vida,…de la santidad y la gracia,…de la justicia, el amor y la paz” como proclamaremos en el prefacio de la Misa. Todas las actividades de la Iglesia y particularmente el ministerio sacerdotal están al servicio del Reinado de Cristo y de su obra de salvación (cf. Ef 5,5; etc.). Por otra parte, el anuncio de la manifestación, al final de la historia humana, del señorío del Hijo del Hombre sobre todo lo creado, nos ayudará también a valorar el tiempo presente.

1.- Jesucristo, el Buen Pastor al servicio del bienestar de su rebaño

        Celebremos, pues, y proclamemos hoy que todo cuanto constituye la misión de la Iglesia en el mundo, particularmente el ministerio sacerdotal, tiene su razón de ser y encuentra su plenitud en el Cristo pantocrátor que todavía puede contemplarse en el ábside de algunas iglesias románicas y que abarca con su mirada a toda la asamblea. Él es el Señor de la historia que ha de venir como Juez supremo para pronunciar la palabra definitiva sobre la conducta de los hombres (cf. Mt 25,31; 16,27). Y, sin embargo, en las palabras de su sentencia inapelable se revela también su solicitud amorosa y su preocupación por la felicidad integral de todos los que en este mundo nos reconocemos “su pueblo y ovejas de su rebaño”  (Sal 100[99], 4).

            Porque no debemos olvidar que la imagen del pastor, figura entrañable que nuestro Salvador se aplicó expresamente (cf. Jn 10,14-18), corresponde, en primer lugar, al Dios compasivo y misericordioso que desde las primeras páginas de la Biblia manifiesta un amor constante por la humanidad. La profecía de Ezequiel, en la I lectura, es un bello ejemplo: “Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré. Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones”  (Ez 34,11b-12; cf. 15-16).

            Esta promesa la hizo suya nuestro Señor Jesucristo, el Buen Pastor que procura el bienestar de sus seguidores hasta dar la vida por ellos (cf. Jn 10,11; etc.), promesa que sigue cumpliéndose en la historia de la Iglesia. El Reinado de Cristo solo se comprende desde su actitud de servicio y de entrega generosa con mansedumbre y bondad (cf. Jn 11,29). Por otra parte, la figura del pastor será siempre referencia clave para el ejercicio de todo ministerio en la Iglesia y ejemplo y aviso también para todos los llamados a realizar algún ministerio o función en la comunidad eclesial. En efecto, aunque Jesús sabía que el Padre había puesto todo en sus manos” (Jn 13,3) y que le había otorgado pleno poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28,18), sin embargo, puso esa autoridad al servicio de los pobres como una de las señales de la llegada de su Reino (cf. Lc 7,22). El domingo pasado lo destacaba también el papa Francisco en su mensaje para la I Jornada mundial de los pobres como “un signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados”.

2. “A la tarde te examinarán en el amor”

            Con estas claves se han de comprender y asimilar las palabras que escuchábamos en el Evangelio, en la doble sentencia final del Juez eterno: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,40; cf. 25,45). Al escuchar esas exigencias evangélicas es posible que nos invada a todos la preocupación de cómo poner en práctica la caridad fraterna hacia el prójimo, porque Jesús no solamente encarece la entrega y el servicio a los demás sino que Él mismo se identifica con los pobres, los enfermos, los que sufren; en una palabra, con toda persona que padece alguna carencia o necesidad material o espiritual (cf. Mt 25,39ss.).

            Esto quiere decir que todo ministerio en la Iglesia, toda autoridad o función pastoral, está al servicio de los demás, pero especialmente de los pobres, los humildes, los que sufren, los necesitados. Esta es la gran revelación del Reinado de Jesucristo: cualquier potestad, aunque sea de orden espiritual, ha de ser ejercida siempre no desde el poder o como una forma de imposición sino como un servicio humilde y generoso. Más aún, como expresión de donación y entrega personal hacia los demás, especialmente hacia el hermano débil o desamparado. La clave de esas actitudes pastorales reside en el amor, pero no en un amor cualquiera sino el amor como virtud teologal, es decir, en la caridad, tal y como san Juan de la Cruz lo plasmó en su célebre frase: “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado” (Dichos de luz y amor, n. 60).

           Esta frase resulta emblemática porque alude principalmente a un amor que tiende a la unión con el amado, es decir, con Dios mismo, pero en el presente de nuestra existencia. En cambio, las palabras de Jesús en el evangelio hacen referencia al final de la historia humana, aun cuando su aplicación pertenece también a esta vida en la que nos jugamos el futuro de felicidad que esperamos y que hemos de merecer ahora. San Pablo en la segunda lectura decía: “Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” (1 Cor 15,25). Y el principal enemigo a vencer es el egoísmo humano, raíz de todo cuanto se opone al reinado de Cristo. Reinado que, no obstante, se manifiesta ya en este mundo haciéndose patente y perceptible en la medida en que nosotros, sus servidores, ponemos en práctica el mandamiento del amor cristiano, el gran signo que el Señor nos dejó para que nos identifiquemos como discípulos suyos (cf. Jn 13,35).

3. El sacramento del Orden al servicio del amor integral

             Querido Guillermo: Dentro de unos momentos va a comenzar el rito de tu ordenación como presbítero. Has sido presentado y elegido para este ministerio y vas a ser ungido y consagrado al servicio del Reino de Cristo, para anunciarlo a los hombres y para pastorear como presbítero las comunidades que ya se te confiaron desde que eres diácono. Recuerda que, en virtud de este ministerio que has ejercido ya durante un año, eres un servidor de la Iglesia para que prolongar en el mundo el reinado de amor de quien dio su vida por nosotros, sus amigos, y por todos los hombres invitándonos también nosotros a imitarle en esta donación (cf. Jn 15,13-14; 1 Jn 3,16). Reproduciendo, por tanto, la generosidad de Jesucristo, deberás entregarte en cuerpo y alma a la misión pastoral que ahora se actualiza y confirma. Y deberás hacer presente para los fieles cristianos la entrega pascual del Señor en la eucaristía que vas a consagrar juntamente con los demás sacerdotes como signo también de tu propia entrega al ministerio, entendido siempre como servicio a todo el pueblo de Dios y especialmente a la porción que ya te ha sido confiada.

            Recuerda siempre que la misión pastoral no es dominio sino prolongación de las actitudes de Cristo maestro, sacerdote y buen pastor, sin afán de protagonismo, sirviendo a todos silenciosamente y sin libro de reclamaciones, y llevando las cargas de los débiles en la fe. En las presentes circunstancias de nuestra diócesis, con una población, sobre todo rural, en la que predominan las personas mayores y no abundan los niños, se te va a pedir, como a todos los que ejercen el ministerio pastoral, mucho más de lo que podemos ofrecer. Es posible también que tus feligreses te quieran mucho mientras te necesiten, y que te olviden cuando no les hagas falta. Pero no tengas miedo. Entrégate con generosidad a todos, consciente de que estarás fomentando del mejor modo el reinado de Cristo en este mundo. Y, cuando experimentes cansancio o desaliento, haz como el apóstol Juan en la última cena: apoya tu cabeza en el hombro de Jesucristo (cf. Jn 13,23) y no dudes en confiar también en tu obispo y en tus hermanos sacerdotes, que estaremos a tu lado. Así recuperarás el vigor, la paz y la alegría para continuar sirviendo, amando y pastoreando.   

+ Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65