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2017 - SOLEMNIDAD DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR MISA DE MEDIANOCHE

(Real Colegiata de S. Isidoro, 25-XII-2017)  - "Hoy os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor"

Is 9,2-7; Sal 95             Tit 2,11-14           Lc 2,1-14

Queridos Abad, Cabildo y demás hermanos presbíteros concelebrantes.

Amados fieles cristianos que participáis con gozo en esta Misa de Medianoche en la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo:

La liturgia de esta fiesta ha tomado un texto bíblico del Libro de la Sabiduría que dice así: Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real” (Sab 18,14-15a). Esta bellísimas palabras nos ayudan a entrar en el mensaje gozoso del misterio de la Navidad que los creyentes en Cristo celebran en todos los lugares de la tierra donde ha sido predicado el evangelio. En efecto, antes de la venida del Hijo de Dios en nuestra condición humana, como en aquellos lugares donde no ha sido aún recibido y aceptado este anuncio, el mundo estaba y está sumergido en un profundo vacío espiritual. La referencia a la noche y “a la mitad de su carrera”, como decía el texto sagrado, sugiere que la oscuridad empezaba ya a ceder. Entonces la “palabra omnipotente” de Dios, es decir, su Verbo eterno, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, bajó del cielo desde el trono divino, para hacerse hombre tal y como refiere san Juan en el prólogo de su evangelio: “Y el Verbo -la Palabra- se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14a).

Esta noche celebramos un gran acontecimiento que solamente se puede valorar en su justa medida desde la fe cristiana, por muchas connotaciones costumbristas y populares que lo acompañen. Y este acontecimiento consiste en que Dios no ha dejado a la humanidad sumida en la oscuridad de la culpa de Adán. Dios no quería que el pecado destruyese completamente su criatura más amada, el hombre creado “a su imagen y semejanza” (cf. Gn 1,26-27).  Por eso “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial”, en expresión de San Pablo (Gal 4,4-5).

He aquí, pues, el motivo fundamental que nos ha reunido esta noche, lo que debemos contemplar, meditar e interiorizar profundamente: la acción de un Dios omnipotente realizada en el silencio y bajo el velo del misterio. No cabe mayor grandeza en la más profunda humildad. Dios se nos ha manifestado, se ha dejado conocer de este modo tan sencillo y humilde. Lo relataba san Lucas en el Evangelio: Unos jóvenes esposos, José y  María, que además estaba encinta, y que habían llegado a Belén para empadronarse, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada(Lc 2,6-7).

El hecho parece a primera vista casi insignificante. Un Niño que nace y ¡en qué condiciones tan humildes! Lo saben hasta los más pequeños de la catequesis y de la clase de Religión cuando preparan sus belenes, ingenuos y sencillos, pero auténticos referentes de la realidad evangélica. Porque esta es la verdad narrada en el evangelio y proclamada por la liturgia de esta noche, la “Nochebuena” en expresión muy española, casi olvidada, pero que según la célebre letrilla anónima del s. XVI, “no la devemos dormir la noche sancta. No la devemos dormir” (Cancionero de Upsala). Un Niño que nace y que trasparenta una realidad inefable porque “será llamado Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1,32). Un Niño que hace exclamar a un papa de los primeros siglos de la Iglesia, san León Magno: "Nuestro Salvador, amadísimos, ha nacido hoy: ¡gocemos! ¡No hay lugar para la tristeza cuando nace la vida que, apagando el temor de la muerte, nos infunde la alegría de la promesa eterna” (Serm. I de la Navidad).

Queridos hermanos: Acojamos con fe el anuncio de la Navidad, acontecimiento de fe y de gracia, que transciende el paso del tiempo y, por tanto, la historia humana; pero que se hace contemporáneo de todas las generaciones cristianas con su carga de salvación y de esperanza para todos los que lo escuchan y acogen. Recibamos con alegría esta renovada presencia del Señor en nuestras vidas. No hagamos como algunos hicieron en su tiempo: “vino a su casa, y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,11-12). Que la Santísima Virgen María, que con su fe lo acogió antes que en su seno, nos muestre a Jesús, el “fruto bendito de su vientre”. ¡Feliz y Santa Navidad a todos! ¡Cristo ha nacido, venid a adorarlo!

+ Julián, Obispo de León

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