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2018 Febrero - MIÉRCOLES DE CENIZA "Convertíos a mí de todo corazón"

MIÉRCOLES DE CENIZA -  (S.I. Catedral, 14-II-2018)  "Convertíos a mí de todo corazón"

Jl 2,12-18; Sal 50                  2 Cor 5,20-6,2                              Mt 6,1-6.16-18

            Hoy, miércoles de Ceniza, nos disponemos, un año más, a celebrar el tradicional rito que inaugura la Cuaresma, un rito que no por reiterado al llegar este día, deja de tener contenido. El signo puede parecer, a primera vista, anacrónico o incomprensible para muchos, pero recoge y manifiesta la experiencia fundamental de la vida cristiana que consiste en la necesidad de la conversión personal, objetivo especialmente recordado y urgido en este tiempo litúrgico. La imposición de la ceniza es, pues, un gesto penitencial que prepara a los fieles cristianos para celebrar el Misterio pascual de Jesucristo, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración” (SC 109). 

1.- Llamada a la conversión personal en el tiempo de Cuaresma

            Podríamos preguntarnos, al comienzo de la Cuaresma, si todavía somos sensibles a esta convocatoria que nos hace nuestra madre la Iglesia, cuando otras prácticas propias de este tiempo han quedado reducidas tan solo a la abstinencia de carne los viernes y al ayuno en el día de hoy y en el Viernes Santo. La idea misma de la penitencia puede parecer reminiscencia de tiempos pasados y oscuros. El hombre moderno, no quiere oír hablar de estas cosas porque organiza su vida sin preocuparse demasiado de los valores espirituales y morales aunque ennoblecen realmente al ser humano. Por otra parte, la mentalidad actual no acepta tampoco la renuncia a ciertos hábitos de vida a causa del hedonismo dominante en el ambiente. En este contexto sociocultural no es fácil hablar de la necesidad de la conversión y de la penitencia, objetivos de la Cuaresma.

            Sin embargo la "penitencia" no puede ser diluida y menos aún eliminada del mensaje o del proyecto cristiano. La penitencia fue declarada necesaria. Lo afirmó y repitió el Señor muchas veces, por ejemplo, cuando comentó el hecho luctuoso del desplome de la torre de Siloé: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”  (Lc 13,5). De hecho, el anuncio del Reino de Dios, que abre el Evangelio, se hizo con la referencia a la penitencia. Así lo proclamaba Juan, el precursor (cf. Mc 13,1-4), y lo mismo hizo Jesús comenzando de este modo su ministerio público: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Estas palabras las escucharéis cada uno dentro de unos momentos, al recibir la ceniza. Y así lo reiteró también la primera predicación apostólica, por boca de Pedro, el día de Pentecostés: Convertíos…”  (Hch 2,38; 3,19). Por otra parte, la penitencia en el tiempo cuaresmal, como recordó el Concilio Vaticano II, no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social” (SC 110). 

2.- Significado de la penitencia como virtud cuaresmal

            En este día, comienzo de la Cuaresma, es importante que volvamos todos al significado original de la penitencia como conversión (“metanoia”), referencia usada expresamente por Jesucristo y por la predicación apostólica para aludir a un cambio de mentalidad. Pero este cambio se refiere no tanto al concepto o idea de la conversión en sí misma como al estado del pecador que, necesitando arrepentirse y sintiendo deseos sinceros de cambiar de vida, lamenta delante de Dios los propios fallos invocando la misericordia divina. La penitencia consiste, primeramente, en una actitud personal muy en la línea de las advertencias del Señor en el Evangelio que se ha proclamado: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial” (Mt 6,1). Es decir, la conversión es esencialmente interior aunque se manifieste también externamente, de la misma manera que la limosna, la oración y el ayuno, las obras penitenciales por excelencia, han hacerse en secreto para que sea Dios y no los hombres quien estime y valore estos actos  (cf. 6,4.6.18). En efecto, el Señor no excluye el carácter público de estos actos, sino la ostentación de los mismos. Por eso la penitencia verdadera comprende actitudes personales como la conciencia de la propia anomalía moral y el reconocimiento profundo y humilde delante de Dios de la verdad personal de cada uno.

He aquí, por tanto, el ideal de las prácticas cuaresmales, cuya esencia como actos o prácticas religiosas reside en la humildad delante de Dios. Recordemos, por ejemplo, la actitud de la Santísima Virgen María en el Magnificat. Ella, la toda santa y toda hermosa a los ojos de Dios, confiesa no obstante su “humildad” sintiéndose la “esclava del Señor” (cf. Lc 1,38.48). La humildad no solo es expresión de reconocimiento de nuestras culpas, como sugiere el salmo responsorial que nos hacía decir: “Misericordia, Señor, hemos pecado” (Sal 50), sino que es también reconocimiento de la diferencia insalvable entre la criatura y el Creador. Por estos motivos, la humildad ha sido siempre condición necesaria de la verdadera penitencia interior, es decir, de la conversión y del arrepentimiento de los pecados. Recordemos la célebre parábola del fariseo y del publicano: Éste no alzaba los ojos sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (Lc 18,13).

3.- La penitencia, compañera necesaria de la vida cristiana

             De donde se deduce también que la virtud de la penitencia, aunque es característica esencial del tiempo de la Cuaresma, ha de acompañarnos siempre. Lejos de asustarnos, debería estimular nuestro coraje y nuestra esperanza. Santo Tomás de Aquino decía que la penitencia “debe durar hasta el final de la vida” (S.Th. III,84,8). Es cierto que no constituye un fin en sí misma, pero la necesitamos continuamente, no tanto como mortificación sino en cuanto actitud unida y en cierto modo derivada de la vigilancia y de la oración para mantener bien orientado el rumbo de nuestra existencia terrena. El hecho de que, al llegar la Cuaresma, se intensifique la llamada de la Iglesia convocando a sus hijos, la “milicia cristiana” en expresión de san León Magno (cf. Hom. 7,2), contribuye también a revalorizar la importancia de la penitencia como virtud y como sacramento, aspecto que no debemos olvidar tampoco, para que, bien pertrechados con las armas de la justicia y de la verdad, nos enfrentemos a las asechanzas del enemigo.

            En este sentido el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que la conversión “es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: ‘Conviértenos, Señor, y nos convertiremos’ (Lm 5, 21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Sin ella, las obras de la penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf. Jl 2,12-13; Is 1,16-17; Mt 6,1-6.16-18)”  (CCE 1430).   

        Como dice el papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año con el fin de ayudar a toda la Iglesia a vivir con verdad y gozo este tiempo de gracia: Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo” (6-II-2018).

+Julián, Obispo de León

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