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2018 Enero - SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

(R. Colegiata de S. Isidoro, 6-I-2018) “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”

Is 60,1-6; Sal 71                     Ef 3,2-3.5-6                         Mt 2,1-12

      Estamos celebrando la solemnidad de la Epifanía del Señor, la fiesta que con matices propios prolonga el mismo misterio de fe que evocábamos el 25 de diciembre. Hoy contemplamos, por tanto, el nacimiento de Jesucristo desde una perspectiva mucho más amplia, la manifestación del Salvador a todos los pueblos de la tierra. Continuamos, pues, admirando la renovada presencia del Hijo de Dios entre los hombres, puesto que en esto consiste esencialmente la celebración de la Navidad. Pero la Epifanía pone el acento en la vocación universal a la fe cristiana como llamada a participar gozosamente de los bienes de la salvación prometida por Dios y verificada en la vida de su Verbo eterno hecho carne (cf. Jn 1,14a).

1.- La salvación es un acontecimiento universal

En efecto, la fiesta de hoy subraya el destino y el alcance universal del nacimiento de Jesucristo en Belén de Judá hace más de dos mil años. Al hacerse hombre en el seno de María, el Hijo de Dios puso de manifiesto que el destinatario de la salvación anunciada durante siglos por los antiguos profetas no sólo era el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén que acudieron a adorar al Niño recién nacido, sino también la humanidad entera, significada en los “magos de Oriente” que acudieron a Jerusalén preguntando por el “Rey de los Judíos” cuya estrella habían visto salir y les había guiado hasta aquel lugar (cf. Mt 2,1-2).

En esta fiesta la Iglesia nos invita a todos a meditar en este episodio de la infancia de Jesús, protagonizado por esos misteriosos personajes que realizaron un largo camino para encontrarse con el Mesías. Deberíamos reflexionar sobre la actitud de estos hombres atraídos no solo por una luz exterior sino también por la esperanza  de  una realidad que debía transcender la materialidad de este mundo. ¿Qué clase de personas eran y qué tipo de estrella era la que les había orientado? Ellos llegaban de Oriente, de unos países cuyos sabios escrutaban el cielo y tenían fama de conocer los astros. La tradición cristiana ha considerado esta realidad y ha interpretado la actitud de los magos como una actitud religiosa y espiritual, el deseo encontrar una luz nueva a modo de guía segura y capaz de indicar el camino que es preciso recorrer en esta vida.

Los magos eran sabios que tenían la certeza de que en la creación existe una huella o referencia de Dios y de su belleza infinita, una verdadera “firma de autor”, podríamos decir, que el hombre puede indagar y descubrir con gozo. Es  lo que siglos más tarde vino a decir San Juan de la Cruz en el Cántico espiritual: “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura”?

2.- De la luz de la estrella a Cristo “luz del mundo”

En este sentido el episodio de los Magos de Oriente que proclama la liturgia festiva de la Epifanía, nos plantea una pregunta a los hombres y mujeres de hoy que apenas miramos el cielo estrellado o nos fijamos en la hermosura de la naturaleza que nos rodea y, como consecuencia de esa especie de ceguera, la estamos maltratando y destruyendo. Por eso, para conocer mejor a estos extraños personajes y comprender por qué buscaban al Mesías guiándose por los signos que Dios ha dejado en la creación, deberíamos entrar más a fondo en el relato evangélico considerando lo que vieron y encontraron.

            San Mateo nos dice que, llegados los Magos a Jerusalén preguntando por el “Rey de los judíos que había nacido” (Mt 2,2), fueron recibidos por Herodes que, informado de lo que buscaban, se interesó también por el Niño del que hablaban, pero no con el fin de ir él también a adorarlo sino para eliminarlo porque creyó ver en él un peligro para su reinado (cf. 2,7-9). Curiosamente Herodes pregunta primero a los sabios y expertos en las Sagradas Escrituras, los cuales refieren las palabras del profeta Miqueas relativas al lugar donde habría de nacer el Mesías (cf. Miq 5,1), y después trata de engañar a los Magos pidiéndoles que le informen para ir él también a adorarlo y poder ejecutar así sus nefastos planes. Herodes ha pasado a la historia como un personaje siniestro y odiado. que mandó matar a los recién nacidos en Belén pensando eliminar así al Niño que consideraba su enemigo (cf. Mt 2,16ss.). De hecho consta históricamente qué dio muerte también a quienes consideraba rivales de su poder, incluso en su propia familia.  

            El episodio debe servir de aviso a quienes piensan que Dios o a la religión son un obstáculo del que conviene desembarazarse. No cometamos nosotros semejante despropósito. Al contrario, dejémonos guiar por la palabra de los verdaderos profetas y enviados de Dios, los discípulos que reclutó aquel Niño cuando, ya adulto, comenzó su misión y los envió por todo el mundo a predicar el evangelio. Porque Jesús no solamente fue señalado en su nacimiento por una estrella sino que Él mismo, cuando ejercía la misión para la que había nacido, afirmó: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Mt 8,12).  

3.- La Epifanía es la fiesta de la luz que ilumina a todos los pueblos de la tierra

            Ante esta afirmación, los que celebramos hoy la fiesta de la Epifanía del Señor y a tenor de la pregunta efectuada por los Magos a los habitantes de Jerusalén: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido, porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo?” (Mt 2,2), deberíamos interrogarnos si de verdad nos dejamos orientar por ella, es decir, si esa luz es la referencia esencial y segura de nuestra vida, de nuestros criterios y de nuestros actos. Los Magos preguntaron por el Rey de los Judíos cuya estrella habían visto; nosotros, que sabemos dónde se encuentra esa luz, estamos llamados a hacer de ella el fundamento y la referencia esencial y segura de nuestra vida.

Lo anunciaba también la primera lectura, la profecía de Isaías que vio resplandecer esa luz: “Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti” (Is 60,2). Efectivamente, con el nacimiento de Jesucristo la luz brilla no solo sobre el lugar donde nació Él sino sobre toda familia humana, sobre la comunidad de sus discípulos y sobre todas las gentes que caminan guiadas por el resplandor de esa luz. El profeta predijo también la conversión a Cristo de pueblos enteros, de naciones y territorios esparcidos por todo el mundo. La profecía está llena de entusiasmo: “Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (60,3). Por su parte, el apóstol san Pablo en la II lectura nos hacía contemplar también la amplitud del designio de Dios: el misterio de Cristo, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef 3,4b-6).

Es la realidad de la salvación ofrecida a todas las gentes de cualquier raza, lengua o cultura. En el Antiguo Testamento Dios había elegido ya un pueblo para que fuese instrumento y referencia de salvación para los demás pueblos, pero con el nacimiento de Cristo la vocación particular de Israel dio paso a una convocatoria universal, dirigida a todos los pueblos de la tierra. En Cristo, como decía san Pablo ya “no hay judío y griego, esclavo y libre” porque todos somos “uno en Cristo Jesús” y si somos de Cristo, todos somos “descendencia de Abrahán y herederos según la promesa” (cf. Gal 3,28-29). Por este motivo la solemnidad de la Epifanía es también una fiesta misionera que nos recuerda la misión universal de anunciar esta realidad a todas las gentes (cf. Mt 28,19-20 y par.).

Por este motivo en España recordamos hoy al Instituto Español de Misiones Extranjeras integrado por sacerdotes que continúan incardinados en sus diócesis de origen, y al que han pertenecido muchos sacerdotes nuestros y que actualmente dirige un misionero leonés. Hoy la Iglesia nos pide también que recordemos y ayudemos a los catequistas nativos.

+Julián, Obispo de León

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