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2018 Enero - FIESTA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

(León, 29 de enero de 2018)  “Hombres fieles, capaces de enseñar a otros”

 2 Tim 1,13-14; 2,1-3; Sal 18                  Lc 6,12-19

             La celebración de la memoria de Santo Tomás de Aquino, impedida ayer por coincidir en domingo, la hemos trasladado al día de hoy. He querido, además, tener en cuenta que nos encontramos en el Año pastoral diocesano vocacional. Por eso se ha proclamado en esta celebración el pasaje evangélico que recoge la llamada del Señor a los discípulos a los que también nombró apóstoles (cf. Lc 6,13). El texto es especialmente atractivo porque las llamadas de Jesús fueron siempre nominales y directas. En realidad, para ninguna otra tarea el Señor hacía unas convocatorias tan personales como las que dirigió a sus primeros discípulos y que relatan los evangelios.

1.- Importancia de la vocación al ministerio sacerdotal

En este sentido llama la atención también la importancia que Jesús atribuyó durante toda su actividad pública al grupo de aquellos doce discípulos, mostrando así la importancia de la función especial que les iba a encomendar: ser testigos cualificados de la obra de la salvación y garantes de la correcta continuación de la misma con la ayuda del Espíritu Santo. Esto explica también el modo como se entregó a su formación, a la que dedicó muchas horas de convivencia cercana y de diálogo. ¡Cómo no recordar también que, en la última Cena, tal y como ha creído y enseñado la Iglesia, a la vez que instituía el sublime misterio de la Eucaristía, el Señor les confió el ministerio de renovarlo y actualizarlo en memoria suya (cf. Lc 22,19; 1 Cor 11,24-25), otorgándoles también, posteriormente, el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20,21-23)! Solo al final de ese trato especial y esmerado, en el que incluso los hizo testigos de algunos hechos singulares, como la transfiguración, la agonía en el huerto de los Olivos y las apariciones ya resucitado, les encomendó la misión de la evangelización del mundo (cf. Mt 28,19-20).

Esa misión ha sido mantenida y sostenida después por el sacramento del Orden que ha hecho, a quienes lo hemos recibido, partícipes del ser y de la misión de Cristo sacerdote, cabeza y pastor, para desempeñar un papel esencial en el desarrollo y en el crecimiento de la Iglesia en el mundo. La diferencia entre el modo especial como Jesús eligió, preparó y envió a los Apóstoles y la invitación general dirigida a todos sus seguidores a vivir la perfección de la vida cristiana, por ejemplo, cuando el Señor dice: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48), atribuye a la vocación al ministerio sacerdotal un alcance especial y, al mismo tiempo, una responsabilidad específica en el seguimiento de Cristo. En efecto, la vocación sacerdotal está al servicio de las demás vocaciones en la Iglesia representando a Cristo cabeza de todo el cuerpo y que, no obstante, afirmó: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). De ahí el “carácter sacramental” recibido en el sacramento del Orden como un sello o impronta de Cristo que nos exige a los ministros ordenados, los obispos, presbíteros y diáconos, una especial actitud de entrega y de servicio en la Iglesia (cf. CCE 1548ss.).

2.- La vocación según Santo Tomás de Aquino

 Santo Tomás puede ayudarnos con su intercesión a conseguir esta actitud, pero quizás debamos asumir también su visión teológica y pastoral acerca del sacerdocio ministerial en la confianza de que algo puede decirnos hoy su reconocido magisterio al respecto. Es cierto que Santo Tomás no escribió ni dedicó tratado alguno a la vocación, ni siquiera un opúsculo, como tampoco la hizo objeto de una cuestión específica dentro de sus comentarios y tratados teológicos. Sin embargo, según algunos estudiosos de su doctrina, a lo largo de la obra teológica del Doctor Angélico hay rasgos de un pensamiento definido y coherente acerca del significado de la vocación. En realidad el pensamiento de Santo Tomás sobre la vocación es una consecuencia natural y armónica de su concepción acerca de Dios y del hombre. Como parece obvio, la celebración litúrgica no es el lugar ni el momento para analizar una doctrina sino para pedir al Señor las actitudes espirituales al respecto.

 Por eso, frente a la consideración de la vocación en la época de Santo Tomás como una especie de gracia actual o llamada divina dirigida al cristiano para que abrazase la vida religiosa que se consideraba entonces como el estado más perfecto, no está de más recordar que el Santo Doctor se situaba en un horizonte más amplio, puesto que tomaba como punto de partida de su reflexión los relatos evangélicos sobre la llamada del Señor a los apóstoles. La nota específica de la vocación cristiana para Santo Tomás no era, por tanto, la huída del mundo sino el apostolado en la perspectiva evangélica aplicable a cualquier cristiano inmerso no precisamente en un monasterio sino en lo que hoy entendemos por la vida ordinaria o la sociedad.

Aplicada esta idea al sacerdocio, parece claro que esta vocación es la propia vocación bautismal o cristiana, eso sí, enfocada y realizada en el ejercicio del ministerio ordenado en la Iglesia. No se trata, por tanto, de una “voz divina” íntima que el hombre escucha para abrazar el camino que Dios desea para él. Semejante invitación puede darse, pero no es lo normal. Lo normal es percibir la posible llamada en las inclinaciones y cualidades de la persona que denotan una cierta disposición para asumir un estado de vida como el matrimonio, el ministerio ordenado, la consagración religiosa o una forma de apostolado.

3.- Consecuencias prácticas y operativas

             En este sentido los consejos de san Pablo a Timoteo que escuchábamos en la I lectura constituyen una invitación a escrutar y tratar de percibir lo que nos dice el Señor a cada uno mediante las palabras sanas” -la expresión es del Apóstol- “que tienen su fundamento en Cristo Jesús” (2 Tim 1,13). Dicho de otro modo, San Pablo invitaba a Timoteo a descubrir la propia vocación, aludiendo a todo el cúmulo de enseñanzas que había procurado transmitirle, todo un “precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo” (1,14) que le había comunicado cuando le confió la misión pastoral con la imposición de las manos (cf. 1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6). San Pablo ponía el acento en la actitud de fe y de amor fundamentada en Jesucristo.

            Por eso exhortaba también a su discípulo para que se mantuviese “fuerte en la gracia de Cristo Jesús” no solo para custodiar el depósito de la doctrina cristiana sino también para transmitirlo fielmente y con fortaleza espiritual a “hombres fieles, capaces, a su vez, de enseñar a otros”. El breve pasaje contiene así mismo una fuerte exhortación a todos los ministros de la Palabra de Dios para que nos entreguemos, como buenos soldados de Cristo Jesús (cf. 2 Tm 2,3), a la tarea de enseñar a otros, compartiendo la fe y tomando parte, si fuere necesario en los padecimientos del Señor. La exhortación paulina nos viene muy bien a todos nosotros. Enseñar, transmitir la fe, velar por la pureza de la doctrina, son actitudes que se derivan de nuestra vocación cristiana y de nuestro ministerio en la línea indicada antes, es decir, en la perspectiva de la misión pastoral y del testimonio de cada uno. 

            + Julián, Obispo de León

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