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2018 Marzo - VIERNES SANTO, ACCIÓN LITÚRGICA DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

(S.I. Catedral, 30-III-2018)
"Inclinando la cabeza entregó el Espíritu"

            Is 52,13-43-12; Sal 30                           Hb 4,14-16                               Jn 18,1-19,42

            Queridos hermanos:  

            Acabamos de escuchar el relato de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan. El evangelista, testigo ocular de lo que sucedió en el Calvario, narra los últimos acontecimientos de la vida terrena de Cristo: la terrible agonía en la cruz; la entrega del discípulo amado a María y la de María al discípulo; la queja de Jesús: “Tengo sed”; sus últimas palabras: “Está cumplido”; y, al final, su muerte inclinando la cabeza y entregando el Espíritu (cf. Jn 19,30). A continuación el evangelista refiere también cómo un soldado traspasó el costado de nuestro Redentor con una lanza, abriéndose la fuente de la salvación (cf. Is 12,3) y brotando sangre y agua (cf. 19,34), prueba inequívoca de la muerte pero sobre todo de la anunciada efusión del Espíritu Santo.

            Al contemplar con admiración y dolor esta sublime escena, comprendemos lo que el profeta Isaías había anunciado en el célebre “Poema sobre el Siervo de Yanvéh” del que hemos escuchado como primera lectura de esta conmovedora celebración del Viernes Santo: Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y objeto de abandono, abrumado de dolores…Y, sin embargo, él cargaba con nuestros sufrimientos y soportaba nuestros dolores…; golpeado y humillado… fue traspasado por nuestra rebelión… Por nuestro bien cayó el castigo sobre él…” (Is 53, 2-5a).

           El profeta escribió varios siglos antes de los hechos, pero sus palabras anunciaban ya el testimonio del evangelista. El vaticinio de Isaías adelantó también el significado del sacrificio de Cristo en la cruz: por sus llagas fuimos curados” (Is 53,5b). He aquí una profecía admirable del Misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor: Oprimido y humillado, no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca” (Is 53,7). En estas palabras debemos percibir también el sufrimiento y el martirio de tantos cristianos, hombres y mujeres de buena voluntad que a lo largo de la historia fueron y son masacrados por odio a la fe o por otras injusticias y persecuciones, porque Cristo “está en agonía hasta el fin del mundo” según el célebre  “pensamiento” de Pascal (El misterio de Jesús).

            Sin embargo, en el horizonte de la humanidad permanece la silueta de la Cruz, sola ya en el calvario sin el fruto precioso que colgó de ella, mientras despunta el clarear de un nuevo día. El grano de trigo sepultado en la tierra seguirá dando el fruto de la resurrección y de la alegría (cf. Jn 12,24). En adelante el signo del dolor y de la muerte, será señal de esperanza en la vida sin fin. En esta tarde del Viernes Santo miremos con fe la cruz del Señor como signo de la misericordia del Padre que en su Hijo amado se compadece de cada ser humano y de la humanidad entera: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo”.

 +Julián, Obispo de León

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