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2018 Abril - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN - Misa estacional

(Santa Iglesia Catedral, 1-IV-2018)
Él había de resucitar de entre los muertos "

           Hch 10, 34a.37-43; Sal 117                   Col 3,1-4                      Jn 20,1-9

                       Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Lucharon vida y muerte en singular batalla
y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta” ¡Aleluya!

           La Pascua del Cordero inmolado en la cruz que hemos celebrado estos días, se convierte hoy en la Pascua del Resucitado. El viernes de la Pasión y el sábado del Silencio ceden el paso al domingo de la Resurrección y de la alegría. La Misa de hoy, impregnada de gozo, tiene como canto de entrada estas palabras tomadas de una versión arcaica del salmo 138,12: “Resurrexi et adhuc tecum sum” (“He resucitado y aún estoy contigo”). La liturgia las pone en boca de Jesucristo Resucitado para invitar a la alegría y el gozo a todos los fieles cristianos que han vivido la Semana Santa, especialmente el sagrado Triduo de la pasión, muerte y sepultura de Jesús procurando tener los mismos sentimientos de quien, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, ha sido exaltado sobre todo y ha recibido el “Nombre-sobre-todo-nombre” (Fil 2,8).

  1. La resurrección de Jesucristo fundamento de nuestra fe

            Hoy celebramos, pues, la resurrección del Señor. Esta es la fiesta central de año litúrgico, una fiesta de alegría porque el Resucitado deposita en nuestros corazones una inmensa esperanza a la vez que nos llena de consuelo y de paz. El Evangelio narra los acontecimientos de la mañana de aquel día después del sábado, el día que pasó a ser el primero de la semana a causa de la resurrección de Jesucristo y que comenzó a llamarse domingo, día del Señor. Y por este motivo es el principal del año cristiano, el domingo de los domingos, domingo de Pascua en la resurrección del Señor.  

        Sin embargo nadie presenció la resurrección. Esta se produjo sin testigos, pero dejó como testimonio el sepulcro abierto y vacío, donde había estado el cuerpo de Jesús. El relato evangélico refiere los hechos que se sucedieron a partir de aquel descubrimiento. Una mujer, María Magdalena, fue la primera persona en llegar al sepulcro cuando apenas amanecía. Era ya el día después del sábado, porque la rígida ley mosaica apenas permitía moverse moverse. Esta mujer, todavía llena de dolor pero también de amor, llegó a la tumba y comprobó que la piedra de la entrada había sido removida y que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Ella pensó que alguien se lo había llevado violentando el sepulcro.

            Enseguida avisó a los discípulos de Jesús. Todo lo que sucede después  nos ayuda a entender que aquello no fue solamente un hecho inesperado sino que les hizo recordar algo que nunca habían entendido aunque Jesús lo anunció más de una vez. El relato evangélico es lo suficientemente expresivo: El primero en llegar fue el apóstol Juan, el más joven, pero cedió el paso a Pedro. Ambos examinaron cuidadosamente el interior del sepulcro. Juan, entonces, “vio y creyó” (Jn 20,8). El evangelista comenta: “hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (8,9). Es decir, fue el sepulcro vacío, la ausencia del cuerpo de Jesús junto con el recuerdo de sus palabras que habían anunciado que habría de resucitar de entre los muertos, lo que les hizo comprender el hecho y el significado de la resurrección, punto de partida además para asimilar todo el misterio de la persona y de la vida de Jesús. El sepulcro vacío y el recuerdo de las palabras del Señor fueron el comienzo de su fe y también de la nuestra.

2.- De la resurrección de Jesús a nuestra vida nueva por el Bautismo

             “He resucitado”, estoy a tu lado, mi mano te sostiene, nos dice Jesucristo a cada uno de nosotros. Hoy, domingo de Pascua, celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, de la gracia sobre el pecado. Jesucristo, el Esposo de la Iglesia, el Maestro y Buen Pastor que había bajado hasta lo más profundo de la muerte, sube hasta lo más alto de los cielos para llenar con su gloria todo cuanto existe (cf. Ef 4,9-10). La resurrección del Señor, superando la oscuridad de la muerte y despojándola de su pretendida victoria sobre el hombre, nos ha devuelto a todos la alegría y la esperanza. La noche del dolor y de la angustia ha dado paso al día del júbilo y del regocijo, junto con los demás bienes y dones del Espíritu. Después de la resurrección de Cristo, nadie está solo, nadie ha de temer peligro alguno. El príncipe de las tinieblas ha sido definitivamente vencido (cf. Jn 14,30; 1 Pe 5,8-9).

            La segunda lectura de este domingo desarrolla, por así decir, las consecuencias de la resurrección de Cristo para nuestra vida, la primera de las cuales es que nosotros hemos resucitado también con Él (cf. Col 3,1), como fruto del bautismo que recibimos un día. Aquel sacramento no fue una mera ceremonia religiosa sino un acontecimiento en la vida de cada cristiano (cf. 2,12). Fue un regalo que nos hizo partícipes del misterio pascual de Jesucristo, es decir, de lo que representó su muerte y de su resurrección para cada uno de nosotros. Por el bautismo fuimos hechos hijos de Dios siendo liberados de la condición lamentable del viejo Adán para recibir, como si de un vestido nuevo se tratara, la vida nueva de Cristo. El bautismo fue el comienzo de nuestra existencia como cristianos, es decir, como hijos de Dios y coherederos con Cristo para ser con él glorificados (cf. Rom 8,16-17).

  1. Las consecuencias prácticas de nuestra vida cristiana

        En el Bautismo Jesús nos tomó consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos sino para él y para los demás. En el Bautismo depositamos nuestra vida en las manos de Cristo resucitado para poder decir como san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). De esta realidad acontecida en el bautismo, deriva una consecuencia inmediata que ha de caracterizar nuestra vida de cristianos. El apóstol se refiere al horizonte hacia el que debe dirigirse nuestro caminar por este mundo y hacia el que debemos elevar nuestra mirada. Esto es lo que significa “aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,2), un cambio radical en nuestra escala de valores y unas actitudes de conducta positivas y abiertas para acoger a todos nuestros hermanos, especialmente a los que sufren, a los que dudan y vacilan en su fe, a los que pobres y marginados, a los que son explotados o privados de los derechos más elementales.

            “Aspirar a los bienes de arriba” no quiere decir que el cristiano deba descuidar sus obligaciones y tareas terrenas. El propio san Pablo que nos exhorta a buscar y procurar “los bienes de arriba”, nos invita también a “seguir progresando” en este mundo mientras nos ocupamos de los asuntos temporales trabajando honestamente (cf. 1Tes 4,11-12). El cristiano ha de cumplir sus obligaciones terrenas pero sin perder de vista a Jesucristo, nuestro Señor y nuestra esperanza. He aquí una consecuencia práctica de nuestra fe en la resurrección que hoy estamos celebrando.

       El motivo reside en que por el bautismo hemos participado plenamente del misterio pascual de Jesucristo, acontecimiento que determina el horizonte hacia el que deben dirigirse nuestros deseos y esperanzas. San Pablo nos decía también, aludiendo al sacramento que nos hizo cristianos y dirigiendo resueltamente nuestra mirada hacia lo alto: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo oculta en Dios” (Col 3,3). El apóstol apoyaba su exigencia en el bautismo, sacramento de nuestra participación,  simbólica pero real, en la muerte y en la resurrección de Jesucristo, recibiendo una vida nueva (cf. 2,12-13). Una vida se sustrae ahora a la mirada terrena pero que es real y verdadera porque se apoya en Jesucristo, manantial invisible de nuestra existencia como hijos de Dios. Los cristianos nos llamamos así no solo porque pertenecemos a Cristo sino porque Cristo vive en nosotros, y nuestro verdadero vivir como creyentes consiste en ser miembros de su cuerpo que es la Iglesia (cf.  1 Cor 12,27; Ef 5,30).

            ¡Feliz Pascua en Jesucristo Resucitado! ¡Amén, Aleluya!                     +Julián, Obispo de León

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