Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. 

2018 Abril - XXXV ENCUENTRO DIOCESANO DE CATEQUISTAS

 (Capilla del Colegio de San José - HH. Maristas, 23-IV-2018)
“El que entra por la puerta es pastor de las ovejas”

Hch 11,1-18                 Jn 10,1-10

            Estamos en el tiempo de Pascua, tiempo del Espíritu Santo. El Espíritu no espera a la fiesta de Pentecostés para transmitir a la Iglesia y a los discípulos de Jesús la fuerza del Resucitado. Pentecostés significa el comienzo de la expansión misionera del Evangelio, pero el Espíritu Santo brotó inmediatamente del corazón de Cristo cuando este exhaló el último aliento en la cruz. Lo afirma san Juan: Jesús… dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” (Jn 19,30). El evangelista no se refiere al alma de Jesús ni tan siquiera al último aliento humano sino al Espíritu que moraba en Él como se afirma en tantos textos evangélicos y que se reveló como la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

  1. Vocación y misión de los catequistas

Todos vosotros sois ministros de la palabra de Dios. No solo los presbíteros, también los catequistas. Debemos tenerlo muy en cuenta siempre, porque el Espíritu Santo se da a todos. Él es el que guía, ilumina y fortalece a los evangelizadores y a todos los que exponen la palabra divina. Él está también en el comienzo de toda vocación en la Iglesia. La vuestra es una verdadera vocación y muy necesaria y fundamental. Así lo pone de manifiesto oportunamente el lema de este encuentro diocesano: “¡Por vocación, ¡Catequista! La alegría de ser llamado” dentro del marco del “Año pastoral diocesano vocacional” que venimos celebrando.

            Al hilo de la palabra de Dios que se ha proclamado, quiero recordaros que la vuestra es una verdadera misión pastoral fundada en una vocación que viene del Señor y que encuentra su cauce operativo en la comunidad eclesial, especialmente en las parroquias. El evangelio que se ha proclamado, comienzo del discurso de Jesús sobre el Buen Pastor, nos sitúa ante el origen mismo de esta vocación y misión que se cumple y verifica primeramente en el propio Señor y después es comunicada y compartida por él con sus enviados que sois todos vosotros. Como sabéis, esa figura entrañable procede del Antiguo Testamento cuando Dios mismo se manifestaba como el pastor de su pueblo Israel (cf. Is 40,11; Sal 23,2-3; Jer 50,19; etc.), y tiene su culminación y cumplimiento en Jesucristo (cf. Lc 19,10; Jn 10,2-4.11.14ss.). A la luz de esa misión del Buen Pastor la vuestra, como ministros de la palabra divina, se enriquece y motiva profundamente.

            Jesús empezó ese discurso comparándose con la puerta del redil: “Yo soy la puerta” afirma claramente en el pasaje que se ha proclamado (cf. Jn 10,9), porque a través de Él todos entramos legítimamente en la comunidad eclesial. Tanto los ministros de la Iglesia, entre los que estáis también los catequistas, como los simples fieles, tenemos acceso a la seguridad del redil frente a los posibles enemigos de nuestra fe o de nuestra vida cristiana.  Solamente por medio de Él se nos ofrece el alimento que nutre nuestra vitalidad espiritual y nuestra misión pastoral. Tan solo por medio de Él, Mediador único entre Dios y los hombres como lo llama san Pablo (1 Tm 2,5), alcanzamos todos la gracia de la fe y los demás bienes del evangelio. “Nadie va al Padre sino por mí” afirmó el mismo Señor en la última cena con sus discípulos (cf. Jn 14,6).

  1. El Buen Pastor está en el origen de la misión de la Iglesia

            Esta vinculación a la misión de Cristo, Buen Pastor y puerta para todos sus seguidores, debe llenar de alegría a todos los que os sentís llamados. Por eso no busquéis otros apoyos ni otras seguridades al margen de la relación personal con Jesucristo. Él está en el origen de vuestra vocación y misión. No andéis buscando otras seguridades ni otros apoyos que no sean los que proceden de Él, como tampoco otros caminos aparentemente más llanos y agradables que los que Él mismo quiso recorrer, ni otras entradas o salidas que las que Él mismo nos propone en el interior de su Iglesia. Pretender actuar, especialmente en esa función tan delicada como es la transmisión de la fe y de los principios morales en la catequesis, al margen de la comunidad que Él preside y pastorea por medio de los legítimos pastores, es exponerse a ser como los saqueadores a los que aludía el Señor en el evangelio (cf. Jn 10,8).

          Una palabra también acerca de la primera lectura. Alude al momento, especialmente importante, de la misión evangelizadora que el Señor encomendó a los Apóstoles, cuando tomaron la decisión de dirigirse a los gentiles, es decir, a los paganos, excluidos de las promesas mesiánicas tal y como las habían interpretado inicialmente los primeros discípulos de Jesús. La conversión de Cornelio y de su familia a la fe cristiana había causado una conmoción en la comunidad cristiana de Jerusalén. Y el Señor se sirvió precisamente del apóstol Pedro para abrir esa difícil puerta en la que, más tarde, destacará la figura del apóstol Pablo. El debate tuvo que ser fuerte e incluso peligroso para la unidad de aquellas primeras comunidades cristianas. Pedro era un buen judío practicante y celoso de la tradición recibida. Pero ante el reproche por haber entrado en la casa de un pagano, responde con el argumento que a él le había convencido: “lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano” (Hch 11, 9). Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?” (11,17).

  1. La vocación de los pastores y de los catequistas

     Hermosa lección también para todos nosotros, inmersos en un mundo mucho más plural y controvertido que el de aquellos primeros tiempos de la misión cristiana. Debemos tomar nota de este mensaje. Se trata no de adoptar actitudes acomodaticias a la situación generalizada de increencia e incluso de hostilidad en algún ambiente, sino de estar atentos y dóciles a las señales con las que el Espíritu Santo nos quiere conducir hoy. Por eso no cualquier actitud de apertura es legítima, sobre todo si disimula el mensaje. El respeto al que no piensa como nosotros no consiste en rebajar las exigencias de la fe o de la vida cristiana. El diálogo es necesario siempre, lo mismo que es ineludible el esfuerzo para comprender a los que no piensan como nosotros, pero debemos examinar lo que nos dicen o lo que nos censuran para saber discernir la porción de verdad que puede extraerse.

            No es fácil dialogar en determinadas ocasiones o circunstancias. Es preciso tratar de ver en nuestros interlocutores la parte de razón que pueden tener. Tan solo desde ese respeto es posible el diálogo y el ofrecimiento de lo que sabemos o vivimos. Estas dificultades, sin duda, no se plantean en la catequesis ordinaria con nuestros niños y adolescentes, pero pueden ser frecuentes en el trabajo con los jóvenes y en los contactos con los padres o tutores de los que vienen a la catequesis. Y a veces entre nosotros mismos. En todo caso “uno solo es nuestro Maestro”, Jesucristo, y todos nosotros somos sus discípulos  (cf. Mt 23,8).

            Termino con dos citas del papa Francisco en el Congreso Internacional de Catequesis, el 27 de septiembre de 2013: La vocación del catequista es «ser» más bien que «hacer». Por ello quien educa en la fe debe guiar «al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio», sin tener miedo de «salir» de los propios esquemas para seguir a Dios, porque «Dios va siempre más allá»”. Y en cuanto al modelo de catequista en el que piensa el Papa, lo explicitó de este modo: “Si un cristiano sale a la calle, a las periferias, puede sucederle lo que a cualquiera que va por la calle: un percance... Pero les digo una cosa: prefiero mil veces una Iglesia accidentada y no una Iglesia enferma», y «un catequista que se atreva a correr el riesgo de salir y no un catequista que estudie, sepa todo, pero que se quede encerrado»”.

+Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65