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2018 Mayo - MARÍA MADRE DE LA IGLESIA

(Lunes después de Pentecostés, Fiesta sacerdotal) 
 “Ahí tienes a tu Madre”

             Hch 1,12-14; Sal 86              Jn 19,25-27

         Sean mis primeras palabras en la homilía de nuestra fiesta sacerdotal para dar gracias a Dios juntamente con vosotros, los que celebráis 60, 50 y 25 años de ministerio. Recibid el homenaje de la diócesis y del presbiterio y el mío fraterno no solo como Obispo vuestro sino también porque comparto con algunos de vosotros la alegría que representa el Jubileo sacerdotal de Oro.

         Pero nuestra fiesta de hoy tiene también un segundo motivo, igualmente gozoso. Me refiero a la celebración, por primera vez, de la “Memoria de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia” inscrita en el Calendario Romano General por mandato del Papa Francisco y decreto de la Congregación para el Culto Divino del día 11 de febrero de este año.  El Papa Francisco, remitiéndose expresamente al deseo del Beato Pablo VI que, por cierto, va ser canonizado el día 14 de octubre próximo, de que la Madre de Dios fuese “honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título” y “considerando atentamente que la promoción de (su) devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año” .

1.- El título de María “Madre de la Iglesia”

      Celebremos, pues, con la mayor alegría esta jornada sacerdotal que en otras ocasiones ha estado dedicada a N.S. Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote o a San Juan de Ávila, el Patrono del Clero español. De todos modos esta fiesta entrañable de nuestro presbiterio ha sido ocasión siempre para dar gracias al Señor por todo lo que representa en la vida de la Iglesia este ministerio, reconociendo la gracia sacerdotal en los hermanos que celebran los respectivos jubileos ya mencionados. Hoy queremos renovar esos mismos sentimientos pero en referencia a la Santísima Virgen María “Madre de la Iglesia” y, por lo mismo, “Madre de los sacerdotes” no solo en cuanto miembros de la Iglesia sino también desde su condición específica de ministros de Cristo al servicio de todos los hombres.

       Por este motivo fijémonos en el significado de este gesto del papa Francisco. En efecto, en el Decreto relativo a esta Memoria se dice expresamente que “esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos”. Es decir, esta conmemoración de María contribuye a mantener viva y presente en nuestra memoria su participación en el Misterio pascual de Jesucristo cuya celebración culmina en Pentecostés. Fue  Pablo VI, inspirándose en la doctrina del capítulo VIII de la Constitución “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II, dedicado precisamente a María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia, al término de la III etapa conciliar (21-XI-1964), quien proclamó a la Santísima Virgen María, “Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman ‘Madre amorosa’” para que  “con este título fuese honrada e invocada por todo el pueblo cristiano”. Personalmente yo recuerdo todavía la emoción del papa y el aplauso de los Padres conciliares en aquel momento, seguido a través de la televisión.

  1. María “Madre de los sacerdotes”

       Pero el hermoso título de María “Madre de la Iglesia” suscita el recuerdo de otro análogo e igualmente evocador. Me refiero al de María “Madre de los sacerdotes”, título al que se refirió el papa Benedicto XVI en vísperas de la solemnidad de la Asunción de María a los cielos en el año 2009, en el contexto del “Año sacerdotal” con motivo del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars. He aquí las palabras del Santo Padre: “La peculiar relación de maternidad que existe entre María y los presbíteros es la fuente primaria y el motivo fundamental de la predilección que alberga por cada uno de ellos. De hecho, seguía diciendo el papa, dos son las razones de la predilección que María siente por los sacerdotes: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como ella misma, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo. Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” (Audiencia general en Castelgandolfo, 12-VIII-2009).

       Este título es, por tanto, semejante al de Madre de la Iglesia y se apoya también en el episodio evangélico que acaba de ser proclamado y que nos presentaba a María en el Calvario junto a la cruz de su Hijo, cuando este le confió a todos sus discípulos representados en el apóstol Juan (Jn 19,25-27): "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19,26). Pero el Señor dijo también al discípulo amado: "Ahí tienes a tu Madre" (Jn 19,27). El Evangelio añade que, desde ese momento, el discípulo acogió a María "en su casa", es decir, en su corazón y en su vida. El Señor vio en Juan a todos sus discípulos y, sin duda, a los más cercanos. No era una preferencia injustificada. En una ocasión el apóstol Pedro había preguntado a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?». Y Jesús le respondió: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna”  (Mt 19,27.29).

        Nunca meditaremos bastante esa conmovedora escena de María al pie de la cruz: Ella, como sucedió en la anunciación, aparece real y profundamente involucrada en el misterio de nuestra salvación. Allí, en el Calvario, representados por el apóstol Juan, recibimos, los vinculados a Cristo por el sacramento del Orden, una nueva Madre y una nueva relación filial, no excluyente ni exclusiva, pero sí basada en nuestra asociación al Sumo Sacerdote y Mediador entre Dios y los hombres por el sacramento del Orden.

  1. Acoger a María como Madre en nuestra propia vida y ministerio  

       Allí, junto a la cruz de Jesús, la promesa empezó a cumplirse. En efecto, el Evangelio de san Juan cierra la escena afirmando: “Y desde aquella hora el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,27). La expresión del evangelista va mucho más lejos de lo que pudo ser una acogida humana, sin duda llena de ternura y de solicitud amorosa. Juan recibió a María en su corazón y en su existencia de apóstol. Y este horizonte fue, inicialmente, la primitiva comunidad cristiana a la que hacía referencia la lectura de los Hechos de los Apóstoles aludiendo al regreso después de la ascensión del Señor a los cielos, cuando estaba a punto de comenzar la misión de la Iglesia con la venida del Espíritu Santo: Entonces se volvieron a Jerusalén… subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan…  Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1,12-14).

        Esta nueva escena, como ha recordado también el papa Francisco citando el magisterio de sus predecesores, es reveladora del “misterio de la maternidad espiritual de María, que desde la espera del Espíritu en Pentecostés no ha dejado jamás de cuidar maternalmente de la Iglesia, peregrina en el tiempo".  En el marco, por tanto, de esa maternidad espiritual de María hacia toda la Iglesia se puede percibir también una peculiar cercanía y relación de maternidad y filiación entre María y quienes hemos seguido a Jesús (cf. Mt 19,27.29).

           En este sentido todo sacerdote, por su identificación y conformación sacramental a Cristo, el hermano mayor, puede y debe sentirse verdaderamente hijo muy amado de esta Santísima Madre. Por algo el Concilio Vaticano II invitó expresamente a los sacerdotes a contemplar a María como el modelo perfecto de su propia existencia y a “venerarla y amarla con devoción y culto filial" (cf. PO 18). Acojamos, pues, a María, Madre de la Iglesia y Madre de todos los sacerdotes, en nuestra propia vida y ministerio con el amor y el ardor de verdaderos hijos suyos pidiéndole que nos haga a todos conformes a la imagen de Jesús y dispensadores del tesoro inestimable de su amor de Buen Pastor.

+Julián, Obispo de León

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