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2018 Junio - Celebración del L aniversario de la Ordenación sacerdotal

Ordenación de un presbítero y de cinco diáconos  (S.I. Catedral de León, 30 de junio de 2018)

“Yo os elegí a vosotros”

2 Tm 1,6-14; Sal 99              Jn 15,9-17             

“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, 
que nos ha bendecido en Cristo 
con
toda clase de bendiciones espirituales”
 
(Ef 1,3)

               Sirviéndome de las palabras de san Pablo que acabo de citar, quiero reconocer y agradecer hoy los dones recibidos del Señor desde aquel 30 de junio de 1968, fiesta entonces del Apóstol de las Gentes, cuando fui ordenado presbítero para la diócesis de Zamora, mi diócesis de origen. Pero debo manifestar también mi profunda gratitud por vuestra presencia en esta celebración en la que van a ser ordenados un nuevo presbítero y cinco diáconos, uno de ellos para el Diaconado permanente. Al mismo tiempo pido a todos una plegaria para que este don de su amor redunde en beneficio de los fieles que me han sido confiados.

1.-  Una elección de amor para el “ministerio del Amor”

            Esta coincidencia, la acción de gracias por el sacerdocio recibido y la ordenación de estos hermanos nuestros, nos ofrece una hermosa ocasión para reconocer y valorar la continuada presencia en la Iglesia del ministerio apostólico que por voluntad del Señor se prolonga en el tiempo, gracias al sacramento del Orden, para edificación de la comunidad de los fieles. No en vano la permanencia en el ministerio tiene su origen en el amor desbordante de Jesucristo por su Iglesia, un amor que se proyecta también sobre aquellos a los que Él elige y llama para confiarles una verdadera participación en su propia misión de enviado divino para nuestra salvación.

         El evangelio que se ha proclamado, tomado del discurso de despedida de Jesús en la última Cena, nos sugiere precisamente esa participación en el amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15,9). La afirmación del Señor, pronunciada en aquel ambiente conmovedor, sigue siendo actual y viva, porque el amor infinito de Dios se nos ofrece y comunica a través de Jesucristo. Cada uno de nosotros puede reconocer en la historia personal de la propia vocación, los signos y la huella de ese amor, una huella sencilla pero verdadera. Hermano Manuel Ramón, que vas a ser ordenado presbítero: Tú has experimentado también ese amor y puedes, como el apóstol san Juan, extraer la misma consecuencia: En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos” (1 Jn 3,16).

       A través de tu familia y con el apoyo de un sacerdote a quien sigues recordando, has percibido en el “Camino neocatecumenal” la fidelidad de Dios. Hoy se despeja totalmente el horizonte de tu vida. Por eso, lo que importa ahora no es el grado de madurez alcanzado sino la respuesta generosa a la llamada del Señor. Tú y yo, y todos los que descubrieron un día la vocación, podemos decir que hemos conocido realmente el amor de Cristo. “Él nos amó primero”, como afirma también san Juan (cf. 1 Jn 4,19). Por eso estamos llamados a permanecer en su amor. Todos los que participáis en esta celebración, queridos hermanos, podéis descubrir ese amor sin quiebra, un amor siempre joven y nuevo, el amor que Jesucristo nos ha manifestado y nos sigue ofreciendo.

  1. Todo ministerio es un ejercicio de correspondencia amistosa

          Pero el Señor nos pide que, reconociendo ese amor, procuremos mantenernos siempre en esa cercanía de comunión que ofreció generosamente a sus discípulos al decirles: “Vosotros sois mis amigos” como escuchábamos en el evangelio (cf. Jn 15,14). Estas palabras sugieren un modo de vida para todos y no solo para los discípulos a quienes Jesús ha asegurado: “Ya no os llamo siervos… sino amigos” (cf. Jn 14,15). En la Iniciación cristiana el Señor hizo ya una primera llamada general a todos los bautizados. Pero ha querido también introducir a algunos en su círculo más íntimo, para que estén siempre con Él, anuncien su mensaje y ofrezcan a los hombres los dones de Dios en los sacramentos. Esta llamada supone ya una vocación especial, orientada a una misión.

          El Señor os confía hoy, queridos Jeremías, Davor-Lucio,  Erik, Davide y Juan, esta misión concreta: predicar la palabra de Dios, administrar el bautismo, animar la oración común, asistir y bendecir el matrimonio, llevar el viático a los moribundos y presidir las exequias además de celebrar la Liturgia de las Horas. Consagrados por la imposición de las manos quedaréis vinculados al servicio del altar y ejerceréis el ministerio de la caridad en nombre del obispo o de un presbítero. Servid, pues, con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres (cf. Ritual de la Ordenación: Homilía). La experiencia “en la misión” que habéis vivido algunos de vosotros, incluso en países muy diversos desde el punto de vista cultural, os ha ayudado a madurar en la vocación y a desear el futuro trabajo como pastores en la seguridad de que el Señor seguirá estando a vuestro lado.

         Sois todos amigos de Jesucristo que os invita a una cercanía e intimidad profunda con Él. Pero, ¿cómo acoger esta gracia y el don del ministerio? Él mismo lo ha dicho también en el evangelio proclamado: “Si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,14b). Aunque esta respuesta atañe a todos los cristianos, en el marco de esta liturgia de la ordenación esa palabra del Señor afecta particularmente a los ministros de la Iglesia: obispo, presbíteros y diáconos. Porque todos nosotros somos “servidores” y aunque hay diversidad de carismas, ministerios y actuaciones, “hay un mismo Espíritu… un mismo Señor… y un mismo Dios que obra todo en todos” (1 Cor 12,4-6).

3.- Gozo y gratitud en la clausura del “Año pastoral diocesano vocacional”

            Por último, deseo hacer una última consideración teniendo en cuenta que en este mes clausuramos nuestro “Año pastoral diocesano vocacional” que abríamos en septiembre pasado contemplando la escena del encuentro de María con su pariente Isabel (cf. Lc 1,41-45). Os recuerdo que, partiendo de la actitud de esta mujer ante la visita de la Madre del Señor, debíamos despertar y estimular entre nosotros la urgencia de las vocaciones. En este sentido y en la celebración en la que estamos participando, debería brotar en nuestros corazones esta convicción: ¡Nuestra vocación es algo grande porque supone una especial gracia divina, mis queridos hermanos sacerdotes y demás fieles cristianos! Verdaderamente podemos hacer nuestras estas palabras del salmo 116,12-13: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre»

            En segundo lugar, reconociendo con gozo el gran don de la vocación, creo que merece la pena que, aunque acaba el curso pastoral, debemos seguir profundizando y comprometiéndonos más a fondo en esta tarea. Sin duda se ha sembrado una inquietud y ha crecido entre nosotros la conciencia del problema pastoral que nos aflige pero es del todo indispensable pasar a la acción, salir de nuestros miedos y de nuestra atonía y ponernos a trabajar en este campo. La clave de las vocaciones sigue estando en el testimonio personal, en la atención constante a los jóvenes y a los niños y en la renovación de nuestras actitudes apostólicas, sin olvidar la oración y la inmersión en la palabra de Dios, etc.

           Hoy, a 50 años de distancia de mi propia ordenación sacerdotal, contemplando la bondad del Señor en mi vida a pesar de mis fallos y dándole gracias por el don de la vocación, quiero pronunciar ante vosotros, mis hermanos obispo, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, las palabras de María en su encuentro con su pariente Isabel: "Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc 1,46-47) y hacer mías unas frases del beato Pablo VI, que será canonizado próximamente, el papa de mi juventud en el Seminario y de mis primeros años de ministerio. Las pronunció el 17 de mayo de 1970, domingo de Pentecostés, el mismo día en que él mismo celebraba las Bodas de Oro de su propia ordenación sacerdotal: “Cincuenta años  no han bastado para borrar la memoria de aquel hermoso y sencillo episodio de mi humilde existencia personal… Realmente ser sacerdote es algo grande… Gracias a Ti, oh Padre, que sin mirar mi pequeñez, me dirigiste tu llamada… para que yo, tímido e inexperto, estuviese más cerca de Ti… Y me salió del corazón esta respuesta: In nomine tuo (en tu nombre), Señor, hágase según tu palabra”.

+Julián, Obispo de León

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