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2018 Septiembre - EUCARISTÍA DE CLAUSURA DE LA XVII SEMANA DE PASTORAL

S.I. Catedral de León, 20-IX-2018  - “Predicamos así y así lo creísteis vosotros”

             1 Cor 15,1-11; Sal 117                 Lc 7,36-50

            Clausuramos en esta celebración una nueva Semana de Pastoral, la que hace el número XVII, al término de estos días de trabajo y oración, dispuestos a dar gracias al Señor que, en definitiva, es quien nos ha convocado y sostiene nuestros trabajos. Al mismo tiempo queremos pedir la asistencia del Espíritu Santo para emprender, animados y fortalecidos, un nuevo curso al servicio del Reino de Dios y de la misión de la Iglesia, de nuestra Iglesia local a la que nos debemos porque el Señor nos ha llamado y enviado en ella y acogiéndonos esta tarde en la catedral, la sede que representa a toda la comunidad diocesana, edificada con piedras vivas sobre el cimiento de los Apóstoles y sobre Jesucristo, la piedra angular (cf. Ef 2,20-21). Nuestra celebración coincide con la memoria de los Santos Andrés King Taegom, presbítero, y más de un centenar de compañeros mártires, en su inmensa mayoría fieles laicos de todas las edades y condiciones. Son conocidos como “los Mártires de Corea”. Su testimonio de firmeza en la fe en el s. XIX debe animarnos a todos a ser consecuentes con nuestra vocación y misión.

1.- Afirmados en la palabra de Dios y en la fe recibida

            Una vez más queremos apoyar nuestra misión en la palabra de Dios. Las lecturas que se acaban de proclamar nos comunican un mensaje muy sugestivo a la vez que nos estimulan tanto para la acción de gracias por estas Jornadas como para emprender nuevamente y con decisión y alegría la misión que tenemos cada uno en la Iglesia. En efecto, en la primera lectura se nos invitaba a hacer memoria de lo que nos ha sido anunciado desde el principio de nuestra vida cristiana, concretamente el Evangelio que recibimos y en el que se apoya nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Es oportuno que lo recordemos al comenzar un nuevo curso pastoral, pues no en vano la misión que tenemos encomendada ha de partir siempre de nuestra propia aceptación y asimilación de la palabra de Dios y del mensaje de Cristo.

          San Pablo se dirigía a los cristianos de Corinto a los que él mismo había evangelizado e incorporado a la Iglesia. Por eso les hablaba a ellos y nos habla ahora a nosotros con la autoridad de un padre, para recordarnos que es necesario mantenernos fieles a la fe recibida. Y en este sentido ofrece un bellísimo compendio de esa fe que, en opinión de los expertos en Sagrada Escritura, pertenece a la más antigua tradición cristiana, ya formulada. Es un texto semejante al que aparece antes, en el capítulo 11 de la carta cuando el apóstol narra la institución de la Eucaristía como una tradición recibida del Señor (cf. 1 Cor 11,23-25). En el pasaje que se acaba de leer hoy, el apóstol alude al núcleo de la fe cristiana en el misterio pascual de Jesucristo, es decir, a su muerte y resurrección: “Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Cor 15, 3-4).  

2.- Una sugerencia para nuestra vida espiritual

         He aquí, pues, una importante sugerencia práctica relativa a nuestra vida espiritual, tanto para los ministros de la palabra como para los que cooperan en la catequesis, en la enseñanza de la religión, en la liturgia, en la acción social y caritativa o en  otras formas de apostolado o de trabajo pastoral: Todos hemos de procurar transmitir fielmente y vivir cada día lo que hemos recibido, aquello que se nos ha confiado, en lo que hemos creído. Espléndida invitación para el comienzo del curso pastoral. Cada uno de nosotros ha de acoger primero y personalmente lo que enseña, realiza o trata de transmitir. Por supuesto que “por la gracia de Dios”, como dice san Pablo añadiendo que esa gracia no se había frustrado en él (cf. 1 Cor 15,10).

Por su parte, el evangelio recordaba la escena de la acogida y el perdón que el Señor otorgó a una pobre mujer que acudió a Jesús en medio del asombro y del escándalo de algunos fariseos. Son muchos los aspectos que contiene este importante relato que pone al descubierto no solo la dureza de corazón y de juicio de algunos de los presentes malpensados, sino también la aceptación misericordiosa por el Señor, del gesto de aquella mujer defendiéndola y valorando sus actitudes de dolor y de amor. El episodio es, sin duda, una de las más bellas páginas de san Lucas, el evangelista de la misericordia divina y una llamada a evitar especialmente en el seno de la comunidad eclesial, pero también de cara a la sociedad en la que nos encontramos, actitudes exigentes y extremas para con los demás.

3.- Una lección pastoral que hemos de tener presente siempre

         Dos hermosas consecuencias se derivan de este emblemático pasaje: la primera, relativa a la actitud de aquella mujer demostrando dolor y amor. Dolor a causa de su existencia marcada por el pecado y sus secuelas. Y amor lleno de gratitud. Ella acudió a Jesús motivada sin duda por la confianza, una confianza que, como se ve, no queda defraudada porque el Señor la acoge con  misericordia. Esa actitud la mueve a prestar el servicio propio de los esclavos: lavar los pies del huésped de la casa, añadiendo después el secarlos con sus propios cabellos y el perfumarlos. Jesús valora ese gesto y manifiesta, dirigiéndose al fariseo que lo ha invitado y a todos nosotros que hemos escuchado el relato evangélico, las verdaderas actitudes que es preciso mantener en casos semejantes: ante todo evitar juicios primarios y superficiales. Todo lo contrario de lo que dice el conocido refrán: “piensa mal y acertarás”. En cualquier fallo humano hay siempre algo que se puede salvar o rescatar, algo no contaminado, aunque sea un rescoldo entre las cenizas, o un hilo al que poder asirse. Es lo que el Señor descubrió enseguida y puso de manifiesto: el dolor y el amor de aquella pobre mujer.

       Maravillosa lección pastoral en la que sobresale, ante todo, la misericordia de Cristo basada en el amor, una misericordia que no solo perdona, sino que rehabilita, defiende y es capaz de regenerar a la persona. Notemos cómo el Señor, al contrario de lo que solemos hacer nosotros, habla primero de perdón antes de mencionar el pecado. Es la expresión de su propio amor y de su propia misericordia. Por eso aceptó incluso el ser llamado “amigo de pecadores y publicanos” (cf. Lc 7,34), porque vino, como él mismo, aseguró en casa de otro pecador, Zaqueo, “a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). Tengámoslo en cuenta siempre en nuestra vida, apostolado o ministerio.

+Julián, Obispo de León

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