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2018 Noviembre - CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

(2 de noviembre de 2018) “Que los que me has dado estén conmigo y contemplen mi gloria"

Rom 6,3-9     Sal 129     Jn 17,24-26

            La solemnidad de Todos los Santos que celebramos ayer y la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos que nos ha convocado hoy, nos ayudan a tomar en mayor consideración la meta final de nuestra peregrinación terrena. Ambas celebraciones crean un clima espiritual muy oportuno para celebrar la Eucaristía en favor de todos los fieles cristianos a los que Dios llamó a sí. La Santa Madre Iglesia, después de evocar ayer con gozo y alabanzas la felicidad de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, quiere hoy encomendar a la misericordia divina a todos sus hijos “que nos han precedido con la señal de la fe y duermen  el sueño de la paz” en la esperanza de la resurrección. Esta íntima relación entre ambas celebraciones no solo pone de manifiesto y relaciona entre sí estos aspectos fundamentales de nuestra fe sino que contribuye a fortalecer nuestra esperanza en lo que llamamos “las realidades últimas” de la vida cristiana.

1.- El Bautismo, comienzo de la vida nueva que culminará después de la muerte

Por otra parte, dentro de unas semanas, comenzará el tiempo litúrgico del Adviento en el que la Iglesia nos va a proponer un año más la expectación de la venida del Señor al final de la historia humana. En este sentido la celebración de hoy no puede estar marcada por la tristeza por muy natural que sea esta actitud cuando recordamos a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, sino por la esperanza. Pues no en vano los fieles cristianos hemos sido asociados indisolublemente al misterio pascual de nuestro Señor y Salvador Jesucristo por el sacramento del Bautismo y somos continuamente fortalecidos por la participación sacramental en la Eucaristía.

Nos lo recordaba san Pablo en la segunda lectura: “¿Sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,3-4). En este sentido el cristiano, despojado de todo, está sin embargo revestido de Cristo. Y de este modo el bautizado ha cruzado ya simbólica y misteriosamente el umbral de la muerte como un anticipo del momento en que realmente se presente ante el Dios justo y misericordioso. Por este motivo la vestidura blanca que se recibe en el bautismo, ha de mantenerse limpia de toda impureza y de todo pecado. Y la Iglesia, comunidad de los creyentes en Cristo, no deja nunca de ofrecer el sacrificio eucarístico de la Misa y otras oraciones de sufragio por aquellos hermanos a quienes la muerte ha hecho pasar ya del tiempo a la eternidad. Rezar por los difuntos es una obra buena, que presupone la fe en la resurrección de los muertos, según lo que nos han revelado la sagrada Escritura y, de modo pleno, el Evangelio.

2.- Nuestra oración por los difuntos se apoya en la oración de Cristo

Orar por los difuntos. La Iglesia no ha dejado nunca de hacerlo y este es también uno de los motivos de la celebración de este día conmemorativo de todos los fieles que nos han precedido con la señal de la fe. Ahora bien, la oración de la Iglesia por los difuntos, oración de sufragio o auxilio se apoya en la oración de Jesús mismo, que acabamos de escuchar  en el pasaje evangélico: "Padre, este es mi deseo, que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria" (Jn 17,24). Son palabras pronunciadas por el Señor durante la última cena con sus discípulos, de manera que se refieren a ellos, los Apóstoles en primer lugar que estaban junto a él durante la última Cena. Pero la oración del Señor se extiende a  todos los discípulos de todos los tiempos. En efecto, poco antes había dicho también: No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos” (Jn 17,20).

Y si allí, en la última Cena, pedía que fueran "uno... para que el mundo crea" (Jn 17,21b), aquí podemos entender también que sigue pidiendo al Padre tener consigo, en la morada de su gloria eterna, a todos los discípulos que han muerto “con la señal de la fe”. Más aún, el Señor, con una ternura inmensa, se dirige al Padre pidiendo por sus discípulos con una expresión muy significativa: "Los que me has dado" (Jn 17,24). Es esta una hermosa referencia a los cristianos como discípulos de Jesús destinados a seguirle lo más cerca posible. En el marco de esta eucaristía de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, estas palabras del Señor deben referirse de modo particular, a todos nuestros  hermanos en la fe por los que ofrecemos la Santa Misa. Todos “los que han muerto en Cristo” son, por tanto, discípulos, hombres y mujeres que el Padre "dio" a su Hijo Jesús para que fuesen, por el Bautismo y los demás sacramentos, “propiedad suya”. Pero el Señor quiso decir más: En cierto modo, a los discípulos los separó del “mundo”, entendido este como antagonista de Cristo porque "no lo conoció a él" (Jn 17, 25). Y los llamó a ser íntimos de Jesús. En esta intimidad consiste la gracia del ser cristiano cuando se tiene conciencia de lo que significa ser discípulos de Cristo.

3.- La oración por los difuntos ha de basarse, por tanto, en esta confianza

Estamos orando por todos los Fieles Difuntos, como nos pide la Iglesia en el día de hoy. Esta es una verdadera obra de misericordia  que la Iglesia pone en práctica siempre en todas las celebraciones de la Santa Misa y en otros momentos de plegaria, pero que hoy tiene un alcance especial. Aquellos por los que oramos y ofrecemos el Sacrificio eucarístico fueron, ciertamente, hombres y mujeres como nosotros, aun cuando cada uno con sus características propias, tanto por las vicisitudes personales como por el oficio o ministerio que desempeñaron -por ejemplo los sacerdotes y las personas consagradas-, pero todos tuvieron en común lo más importante: el ser hijos de Dios y por tanto pertenecientes al círculo íntimo de los “amigos” del Señor, como Él mismo llamó a sus discípulos durante la última Cena (cf. Jn 15,14-15).

No olvidemos tampoco este aspecto al orar por nuestros difuntos. La amistad con el Señor la recibieron por  gracia en la tierra, como sacerdotes, como personas consagradas, como esposos fieles y padres responsables, como hombres y mujeres creyentes que ahora, más allá de la muerte, comparten en los cielos la "herencia incorruptible, intachable e inmarcesible" en palabras del apóstol san Pedro (1 Pe 1,4). Durante su vida temporal, el Señor dio a conocer el nombre o misterio de Dios, abriendo el camino para que sus discípulos participasen en “la gracia de Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo” según la célebre fórmula paulina (cf. 2 Cor 13,14). En efecto, el amor del Padre por el Hijo ha sido comunicado a los bautizados de manera que la Persona misma del Hijo, en virtud del Espíritu Santo, habita en cada uno de ellos (cf. Jn 17,26). He aquí, por tanto, el fundamento último de nuestra plegaria por los fieles difuntos: una experiencia de comunión divina que por naturaleza tiende a ocupar toda la existencia del ser cristiano, para transfigurarla y prepararla a la gloria de la vida eterna.

+Julián, Obispo de León

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