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2018 Noviembre - EUCARISTÍA DE BENDICIÓN DEL TEMPLO

Homilía del Excmo. Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Renzo Fratini

Eucaristía de bendición del templo y consagración del altar del Centro Parroquial Ntra. Sra. del Rosario

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo - León, 25 de noviembre de 2018

Querido Señor Obispo diocesano, Señor cura párroco, sacerdotes concelebrantes, querido Obispo auxiliar de Santiago de Compostela, queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Como signo de comunión con el Santo Padre, vuestro obispo Monseñor Julián López Martín ha querido invitarme, y le agradezco su gesto y me alegro de poder estar con vosotros ahora, en este acto tan importante para la vida de esta Parroquia. Con la manifestación de mi gratitud felicito muy cordialmente a todos los presentes por la realización de esta Iglesia Parroquial, construida muy oportunamente en una zona de ensanche de la ciudad, teniendo en cuenta con todo realismo las perspectivas del futuro y la debida atención pastoral a la comunidad cristiana. En estos momentos tengo en cuenta los esfuerzos realizados por los feligreses, con el Señor cura párroco y la responsabilidad del Señor obispo, en este proyecto ya logrado, signo de la vitalidad de esta Iglesia particular de León.

Deseo ahora traer a vuestra consideración el sentido profundo de qué es lo que estamos realizando en este día en el cual, con toda la Iglesia, celebramos la solemnidad de Nuestra Señor Jesucristo, Rey del Universo. La consagración del altar y la bendición de esta Iglesia nos presenta muy activamente la soberanía de Cristo que proclama esta fiesta: Cristo es el centro; Él es el único sacerdote, víctima y altar.

La Iglesia, siendo una sola, se encuentra en dos realidades: una en la eternidad ya lograda. Es la Iglesia triunfante y victoriosa, son los santos que ya han logrado felizmente alcanzar su destino. Otra se da aquí, en este tiempo que pasa, es la Iglesia que peregrina, que va de camino hacia la eternidad. No son dos Iglesias, sino un única Iglesia de la que Cristo es la única cabeza. En el Apocalipsis, Libro del que está tomada la Segunda Lectura, queda evidenciado que toda la Iglesia mira hacia el trono de Dios y del Cordero. La diferencia entre las dos realidades de la única Iglesia reside en la existencia o no de los signos sacramentales. Pero se trata del mismo y único sacerdote, la única víctima y el único altar; es el mismo culto que Cristo ofrece al Padre y al que asocia a sí mismo a toda la Iglesia para que, en virtud de su sacrificio en la Cruz y por la fuerza de su resurrección de entre los muertos, nos invita a dar culto al Padre en espíritu y verdad, Él que está en el centro de aquella Jerusalén celeste hacia la que nos dirigimos y que es el Cordero que está en el altar, que construimos aquí, en esta etapa de la Iglesia que peregrina y que se congrega en edificios visibles. Éstos reciben el nombre de Iglesia por ser el lugar donde se reúnen los que son convocados, la comunidad, por el Padre, el Hijo y la comunión del Espíritu Santo,  y que nos ha sido concedido a nuestra vida por el Bautismo. Esto explica perfectamente qué es lo que estamos realizando aquí ahora, al consagrar este altar, en esta celebración, subrayando sobre todo la centralidad de Jesucristo, Rey del Universo. Todo está bajo su poder como Verbo creador y no sólo también como el único Redentor que nos amo, que nos ha librado de nuestros pecados  con su sangre. Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios su Padre. Él, que por su misterio pascual, nos purificó del pecado, nos confirió el honor de ser estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada y pueblo de su propiedad.

Somos hijos de Dios. Con el Bautismo hemos sido purificados del pecado, hemos sido hechos hijos de Dios mediante una participación en la naturaleza divina, hijos del Hijo. Esta participación, por designación del amor de Dios, que nos llama, nos da una vida nueva e infunde en nosotros la luz de la fe y las virtudes de la esperanza y la caridad. Por ello, deberíamos preguntarnos muchas veces sobre este conciencia de ser hijos de Dios.

El ser cristiano confiere una participación de Dios en la vida que se llama gracia santificante en el alma. Gracias a esta incorporación a Cristo y en Cristo San Pablo dice ‘sois edificios de Dios’ y, por tanto, mire cada uno cómo edifica, con las obras propias, siendo consecuente con esa naturaleza que se nos da para participar como hijos en el Hijo.

Jesucristo es el fundamento insustituible, la piedra angular; su Palabra y la participación en los Sacramentos son los materiales de nuestra construcción. Nosotros somos las piedras vivas de la Iglesia, testigos de la verdad. Esta mismo Iglesia como construcción externa no tendría sentido si no hay una comunidad viva, con personas que hoy creen en Cristo, profesan la fe que hemos recibido. Nuestra vida de hijos brota de la fuente bautismal y permanentemente se renueva con aquel sacramento al que dispone y prepara el primero, la sagrada Eucaristía. El Cordero el Cristo y hablar de Cordero es referirnos a la inmolación de su sacrificio en la Cruz. Lo que se conmemora en el altar implicar ofrecer nuestra vida de modo semejante, haciendo de nuestra propia vida un sacrificio de alabanza a Dios, recordando que si Dios no amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. En medio de nuestra vida, en la que experimentamos la presencia del mal, sabemos que éste tiene enfrente al vencedor, al testigo fiel, al primogénito de entre los muertos, al príncipe de los reyes de la Tierra, como hemos escuchado en la Segunda Lectura, al Cordero que quita el pecado del mundo, que está en el altar de nuestro peregrinaje y constituye el centro de aquella Jerusalén celeste hacia la que nos dirigimos.

De aquí ha de resultar  una esperanza y una confianza viva, pues sabemos que el mundo pasa en su concupiscencia pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Cristo, interrogado por Pilato, declara ‘mi reino no es de este mundo’. Su reino no pasa, es eterno. Él es Dios, ‘yo soy el alfa y el omega’, el que es, el que era, el que viene, el todopoderoso. Es un reino de verdad, de justicia, de paz, que no se instala con la violencia, sino con el ejemplo, con el espíritu de servicio.

El cristiano en el mundo testimonia la verdad, es decir, la primacía de Dios sobre todas las cosas y busca su Reino cumpliendo su voluntad. Nosotros testimoniamos la verdad, esto es, que Jesús es la cabeza y nosotros el cuerpo, que Él es el fundamento y nosotros el edificio, que Él es el pastor y nosotros el rebaño como dice San Juan Crisóstomo. Él es el Dios que lo habita; nosotros somos el templo; que Él es la vida y nosotros vivimos por Él; que Él es la resurrección y nosotros los hombres resucitados; que Él es la luz en medio y nuestras tinieblas son disipadas por Él.

En esta principal tarea de dar testimonio de la verdad de Dios en el mundo el cristiano tiene la seguridad de que el Cordero de Dios lleva sobre sí nuestros pecados y debilidades y que Él, entrañado en nosotros, debe dirigir nuestros pensamientos, palabras, obras,  e inspirar nuestras actitudes. Conociendo a Jesucristo como Dios y el Señor, el cristiano realiza la verdad en el amor, deponiendo los intereses meramente personales, con entrega y abnegación, y haciendo prevalecer en la vida personal y social las características del reino que no pasa, un reino eterno y universal de la verdad, de la vida, de la santidad y de la gracias, de las justicia y del amor y de la paz, como decimos en el Prefacio propio de esta fiesta.

Desde la cátedra de Pedro los papas han venido señalando las manifestaciones de una angustia existencial en nuestro mundo que se traduce en particular en el dramático descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia cuando no el rechazo a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio, el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo, son palabras éstas de San Juan Pablo II en el documento sobre Europa. Se notan demasiadas crisis familiares, conflictos e indiferencias marcadas por el egocentrismo y la búsqueda obsesiva de los propios intereses; y todo esto no es infrecuente que vaya acompañado de una sensación de soledad. En este ambiente se manifiesta cada vez más la necesidad del apostolado de alguien que realice gestos concretos y lleva palabras de esperanza sobre la vida verdadera, de alguien que hable de Jesucristo nuestra esperanza. Él continúa vivo y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del corazón traspasado del Redentor. Él nos enseña a amor a Dios y a nuestro hermanos, a reconocer el valor de la persona en su dignidad inalienable, el carácter sagrado de la vida humana, el papel central de la familia, la importancia de la educación, la promoción de la solidaridad y del bien común.

Ahora, toda esta y compromiso por nuestra parte, no brota de cálculos trazados en un despacho, brota de la oración, sobre todo del corazón de la parroquia que es el altar; en él se unen el cielo y la tierra, y sobre él el Cordero que nos salvó con su sacrificio. Alrededor de él circula toda la vida cristiana pues ahí está el fundamento y el desarrollo de su vitalidad. En la Eucaristía Cristo infunde a su Iglesia el espíritu de caridad y justicia, y nos unimos al Él ofreciendo nuestros sufrimientos con los suyos. De esta manera se transforma nuestra vida personal en nuestra vida social en todos sus aspectos, porque bebe en su fuente aquellas virtudes que provienen de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

En la gran asamblea de la Iglesia aparece su imagen prototípica, la mujer que aplasta la cabeza de dragón: ella es María, a cuyo amparo se pone este Parroquia con el título del Santísimo Rosario. ¡Cuánto ganamos en nuestra vida, creciendo en su confianza, amparo y protección, sagacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, fidelidad a Cristo cooperando con fortaleza en la extensión del Reino de su Hijo!

A Nuestra Madre Santísima le pedimos que nos ayude a permanecer unidos siempre al Señor y entre nosotros, y a dar testimonio de Él y de su verdad y amor en el hogar y en el mundo. En María ya tenemos la eficacia de la redención de Cristo, su victoria que nos asegura el camino a la Jerusalén del cielo. Rezando el Rosario pedimos a María nuestra madre que nos acompañe siempre en nuestro camino hacia la patria celestial.

Que así sea.

+Renzo Fratini - Nuncio Apostólico en España

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
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