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2018 Diciembre - SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

(Santa Iglesia Catedral, 8-XII-2018) - "Alégrate María llena de gracia".
Gn 3,9-15.20; Sal 97                    Ef 1,3-6.11-12                    Lc 1,26-38

            El Evangelio que se acaba de proclamar debe encontrar un eco especial no solo en nuestros oídos sino también en nuestro corazón. Acabamos de escuchar, en el marco del relato de san Lucas, el comienzo de la oración que todos aprendimos para invocar a la Santísima Virgen y que el pueblo cristiano no deja de repetir una y otra vez: "Ave María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita Tú eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.

1.- Bendito sea Dios por todas las bendiciones que nos otorga

            Estas palabras, tomadas del saludo del mensajero divino a María (cf. Lc 1,28), evocan no solamente el relato evangélico que acabamos de escuchar, sino también el bellísimo himno paulino proclamado en la segunda lectura, pero aplicado a la Santísima Virgen: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos”» (Ef 1,3). El apóstol san Pablo entona aquí una alabanza divina, referida en primer lugar a Dios Padre, que debe ser adorado y reconocido como fuente y origen de todo bien y que nos eligió en Cristo antes de crear el mundo (cf. Ef 1,4). Y porque en esa elección gratuita quiso hacer de nosotros sus hijos adoptivos (cfr. Ef 1,5).

            Esa fue una decisión suya eterna y, para nosotros, una manifestación generosa de su voluntad divina, unida al amor infinito hacia el Hijo, su Verbo eterno que, siendo igual al Padre en su naturaleza, se hizo hombre entrando en el tiempo y en nuestra historia, Jesucristo nuestro Salvador. Gracias a esa entrada en la que intervino tan directamente la Santísima Virgen María, Dios Padre ha manifestado también su amor a la humanidad, eligiéndonos para una felicidad eterna. San Pablo nos recordaba en la II lectura que todos hemos sido elegidos y amados en Jesucristo, el Amado por excelencia (cf. Ef 1,6). Esto quiere decir que cada uno de nosotros, creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), hemos invitados también a participar en su misma vida divina. Esa participación se inició ya en nuestro bautismo pero se alimenta en la comunidad de la Iglesia mediante la palabra de Dios y los sacramentos. En esto consiste la vida cristiana en la que debemos perseverar con la ayuda de la gracia.

2.- Bendita también la Mujer, “llena de gracia” y obediente al designio divino

            Pero, entre todos los seres humanos, sobresale la figura de María, la Mujer destinada a ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre. Por eso, al recibir la visita del ángel Gabriel, fue saludada con estas palabras del mensajero celeste: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,28); y más tarde fue proclamada por su pariente Isabel como la "bendita entre las mujeres" (Lc 1,42). Ambas exclamaciones, insólitas e inauditas referidas a un ser humano pero pronunciadas de parte de Dios, son reveladoras de la dignidad de la Santísima Virgen María. El mensajero celeste, nos dice el evangelio, se llamaba Gabriel, que quiere decir “fortaleza divina”, “poder de Dios” porque “para Él nada es imposible” (cf. Lc 1,37).

            De este modo, no solamente se reparó el daño y se enmendaron las consecuencias del primer pecado del hombre, al que aludía la primera lectura (cf. Gn 3,11b.15), sino que se hizo realidad el propósito divino de salvar a la humanidad estando lo más cerca posible de cada ser humano. En María y con su cooperación libre y generosa, Dios se ha hecho cercano y asequible, verdadero “Dios con nosotros” como había sido anunciado por el profeta Isaías (cf. Mt 1,23). 

            Pero hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, los creyentes en Cristo no debemos admirar y celebrar solamente la obra maravillosa de Dios en la nueva Eva, la mujer que reparó con su obediencia el daño que había causado la primera (cf. Lc 1,38), sino tratar de imitar también a María en su disponibilidad para realizar la vocación y misión que cada uno de nosotros tiene en este mundo.

3.- Bendita también la Iglesia, santificada por sus hijos mártires

            Esta disponibilidad para realizar la propia vocación y misión puede hacerse difícil y heroica en momentos de prueba y de sufrimiento. Incluso para María el anuncio del ángel supuso inicialmente un momento de duda y de perplejidad que, no obstante, dio paso al  “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38) a continuación de la aclaración del enviado divino.

            Hoy deseo subrayar esas palabras de María porque reflejan verdaderamente la actitud de muchos cristianos, ellos y ellas, ante situaciones límite cuando, peligrando incluso la propia vida, adoptan y afirman su fidelidad a Dios como criterio y norma de conducta. Hoy mismo, en el marco de esta fiesta de María y en la ciudad argelina de Orán, van a ser beatificados y propuestos como modelos acabados de la fe y del seguimiento de Jesucristo un grupo de 19 cristianos que sufrieron el martirio entre los años 1994 y 1996, entre ellos siete monjes trapenses, un obispo, cuatro misioneros de los Padres Blancos, cinco religiosos y dos religiosas. Ambas eran españolas y consagradas, pertenecientes a la Congregación de las Agustinas Misioneras: la H. Esther Paniagua Alonso, natural de Izagre (León) y por tanto hija de nuestra Iglesia diocesana, y la H. Caridad Alvarez Martín, natural de Santa Cruz de la Salceda (Burgos).

            Todos ellos, como han declarado los obispos de Argelia, “ante el peligro de una muerte que era omnipresente en el país, eligieron, aun a riesgo de su vida, vivir hasta el final los vínculos de fraternidad y amistad que habían tejido por amor con sus hermanos y hermanas argelinos. Estos vínculos fueron más fuertes que el miedo a la muerte". Pero a nosotros nos conmueve e interpela el martirio de estas dos religiosas agustinas, especialmente el de la H. Esther por el motivo apuntado antes. Por eso, más allá del dolor y de los sentimientos humanos, hoy ha de primar la certeza y por tanto la alegría del triunfo del amor de Cristo en sus mártires. Con esta confianza os anuncio ya que el próximo día 15, celebraremos la glorificación de las mencionadas religiosas y de los demás mártires de Cristo aquí mismo, en la catedral, a las doce de la mañana. Pongamos también en las manos de María Inmaculada el fruto espiritual y vocacional de este testimonio.

+Julián, Obispo de León

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