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2018 Diciembre - EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA BEATIFICACIÓN DE LAS MÁRTIRES

EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA BEATIFICACIÓN DE LAS MÁRTIRES HH. ESTHER PANIAGUA Y CARIDAD ALVAREZ

(S.I. Catedral de León, 15 de diciembre de 2018) -  “¿Quiénes son y de dónde han venido?”

 Is 53,10-11; Sal 98          Ap 7,9-17          Mt 10,28-33

Estamos celebrando una ferviente eucaristía de acción de gracias al Señor por la beatificación de las religiosas agustinas misioneras Esther Paniagua y Caridad Alvarez, mártires de Cristo, que tuvo lugar el pasado día 8, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, en el Santuario de la Virgen de Santa Cruz, en Orán (Argelia). Nuestra celebración quiere recordar también y venerar la gloriosa memoria de los restantes testigos heroicos de la fe: el obispo Mons. Pierre Claveri, los siete monjes trapenses de Tibhirine y los demás siervos y siervas de Dios beatificados igualmente. Todos son merecedores de la admiración y del reconocimiento agradecido de la Iglesia. El Santo Padre Francisco, el día mismo de la glorificación, dijo refiriéndose a los nuevos beatos: “Su testimonio valiente es fuente de esperanza para la comunidad católica argelina y semilla de diálogo para toda la sociedad. Que esta Beatificación sea para todos un estímulo para construir juntos un mundo de fraternidad y solidaridad”.

  • 1.- Un testimonio que no podemos olvidar

Pero debemos honrar especialmente a las mencionadas religiosas a causa de los vínculos de familia, procedencia, vida consagrada, apostolado, amistad o conocimiento que las unen a muchos de los presentes por diversos motivos. Esta circunstancia hace aún más íntima y conmovedora esta celebración a la vez que anima y estimula nuestra vida cristiana. Los testimonios que conocemos acerca de estas mártires, tan cercanas a nosotros incluso en el tiempo, son una constatación más de las significativas palabras de san Juan Pablo II, recogidas en la Carta Apostólica que anunciaba el gran Jubileo del año 2000 y que, a la distancia de casi dos décadas, siguen interpelándonos todavía: "Al término del segundo milenio, decía entonces el Santo Padre, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires. Las persecuciones de creyentes —sacerdotes, religiosos y laicos— han supuesto una gran siembra de mártires en varias partes del mundo. El testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes. Es un testimonio que no hay que olvidar" (Carta Apost. “Tertio Millennio Adveniente”, n. 37).

Como tampoco hemos de olvidar, al honrar a estas mártires, el ejemplo de respeto mutuo entre ellas y los creyentes en “el único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso”, como enseñó el Concilio Vaticano II refiriéndose a los musulmanes (cf. “Nostra Aetate”, 3). En este sentido, desde aquí, quienes participamos en esta celebración de acción de gracias debemos admirar y apoyar el gesto de concordia realizado en Argel antes de la beatificación de los mártires para «crear una dinámica nueva de encuentro y convivencia», como pidió el Papa Francisco en su mensaje para el acto y que fue leído en su nombre por el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos cardenal Angelo Becciu.

Los mártires nos piden a todos no solo que mantengamos viva su memoria sino que profundicemos en el significado del martirio cristiano que autentifica la vida de fe y, como en el caso de las mártires Esther y Caridad, el  temple, la hondura y la perseverancia de su consagración religiosa y de su generoso servicio a los niños, a los ancianos y a los enfermos sin distinción de credos. El martirio cristiano proclama con una eficacia singular que el amor a Dios y a los demás y la fidelidad al Evangelio según el propio estado de vida, constituyen los valores más altos de la existencia cristiana hasta el punto de que por ellos se sacrifica, si es necesario, la vida misma.

2.- Un gesto que hemos de agradecer e imitar

Lo advertía el Señor en el Evangelio: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena” (Mt 10,28). En este sentido la actitud valerosa de los mártires no procede de la arrogancia ni de la presunción, sino del convencimiento de que, quien realmente sostiene nuestra vida, es Dios. Esta certeza produce una fuerte convicción y serenidad, incluso ante el peligro real y cierto. Como se ha difundido oportunamente, dos semanas antes de la muerte de Esther y de Cari, ante el agravamiento de la situación, la comunidad había hecho un discernimiento y todas las religiosas habían decidido permanecer en sus puestos. Hay momentos en los que el don de la fortaleza, uno de los siete dones del Espíritu Santo, se manifiesta de modo extraordinario para ayudar a superar la natural debilidad humana. La hermana Esther había afirmado: “Nadie puede quitarnos la vida porque nosotras ya la hemos entregado”. Y la hermana Caridad dejó escrito: “Estoy abierta y obediente a lo que Dios quiera de mí… María estuvo abierta al querer de Dios, quizá le costó. Deseo estar  en esa actitud en los momentos actuales”.

     Estas actitudes nos conmueven a los obispos y sacerdotes, a los consagrados y consagradas, a los padres y a los hijos, a los mayores y a los jóvenes, a los profesores y a los alumnos. Pero estas muertes han enriquecido también a la Iglesia, a la Vida Consagrada y al Instituto religioso de las Agustinas Misioneras, y son para todos un valioso testimonio de la fortaleza de la fe, de la seguridad de la esperanza y de la valentía del amor auténtico. Esther y Cari vivieron una vida ejemplar, dedicadas a los demás cumpliendo su deber religioso y profesional, una vida coronada por “el amor más grande” que, en palabras del Señor, consiste en dar la vida por aquellos a los que se ama (cf. Jn 15,13). Por eso, sin ser personajes o héroes de una historia lejana, estas hermanas nos asombran a la vez que nos estimulan para que nos identifiquemos más plenamente con Jesucristo en quien ellas confiaron encontrando en Él la fuente de la que brota el amor verdadero, el único amor por el que merece la pena sacrificarlo todo ofreciendo de este modo a nuestra sociedad un valioso testimonio.   

3.- Un estímulo para vencer cualquier dificultad que se presente

Los mártires han sido siempre seres humanos, valientes en ocasiones, pero débiles y frágiles por naturaleza. Pensemos que la fe y la confianza en Dios no eximen de manera automática de los problemas y preocupaciones, pero otorgan luz y fortaleza en las situaciones más difíciles. No hacen la vida más fácil, pero la purifican y elevan. En este sentido la vida de santidad se manifiesta muchas veces, entre otros aspectos, en que una persona de cualquier edad y condición, pueda soportar con la ayuda de Dios la dificultad que se presenta, manteniéndose firme en la fe, segura en la esperanza y vencedora en la entrega por amor.

Esther y Cari entraron a formar parte, hemos creerlo así, de la “muchedumbre inmensa” descrita en la segunda lectura como una procesión en la que avanza el cortejo de quienes, venciendo la muerte, lavaron y blanquearon sus vestidos en la sangre de Cristo, el Cordero inocente que precede y conduce a los mártires (cf. Ap 7,9). Alguno se preguntará: ¿En qué consistió esa victoria que es también “de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”? Lo he apuntado ya anteriormente, pero tenemos una respuesta muy valiosa también en la primera  Carta del apóstol San Juan, cuando hace referencia a la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. He aquí las palabras del apóstol: Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 5,4-5).

Por eso los mártires fueron capaces de dar el testimonio más arriesgado y difícil, el de exponer la vida aun en medio de su fragilidad. Termino con una nueva cita del Santo Padre Francisco hablando de la fortaleza como don del Espíritu Santo: Hoy sigue habiendo muchos cristianos que, en distintas partes del mundo, dan testimonio de su fe, con convicción y serenidad, aun a costa de la vida. Esto sólo es posible por la acción del Espíritu Santo… Sin embargo, no debemos pensar que este don es sólo para las circunstancias extraordinarias; también en nuestra vida de cada día el Espíritu Santo nos hace sentir la cercanía del Señor, nos sostiene y fortalece en las fatigas y pruebas de la vida, para que no nos dejemos llevar de la tentación del desaliento, y busquemos la santidad en nuestra vida ordinaria (Catequesis en la audiencia general de 14 de mayo de 2014). Que así sea.

+Julián, Obispo de León

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