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2018 Diciembre - NAVIDAD: MISA DE MEDIANOCHE

"¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra!"

 Is 9,1-3.5-6; Sal 95       Tt 2,11-14      Lc 2,1-14

            Apenas iniciada la celebración de la Misa de Medianoche en nuestra basílica de San Isidoro como en todas las iglesias del mundo, ha resonado el canto de los ángeles anunciando el nacimiento de Jesucristo: "¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!" (Lc 2,14). Gloria en el cielo y paz en la tierra: He aquí dos expresiones a primera vista dispares y antagónicas al menos en la concepción religiosa, especialmente bíblica y cristiana, de cuanto existe: el cielo, la morada de Dios y de los espíritus que le sirven, y la tierra, el lugar de los descendientes de Adán tocados por el pecado y sus consecuencias.

1.- La gloria de Dios se ha manifestado en Jesucristo

            Es fuerte el contraste entre el cielo y la tierra en cuanto al significado de cada una de estas expresiones: el cielo hace referencia a los atributos divinos y a la felicidad de los que moran junto a Dios mientras que la tierra, siempre según la concepción religiosa, es el lugar de los hijos de Adán y Eva destinados a trabajar con esfuerzo y sudor según el relato bíblico (cf. Gn 3,17b-18). Sin embargo con el nacimiento de Cristo cielo y tierra ya no están en oposición. Esto es lo que viene a manifestar el canto angélico.

            En el siglo II de la era cristiana un padre de la Iglesia, San Ireneo de Lyon, hizo esta afirmación: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva” (Adv. Haer. 4,20,7). Y esto fue lo que sucedió en el nacimiento de Jesús y lo que los ángeles proclamaron: la gloria en el cielo y la vida, representada por la paz, en la tierra. En aquella pobre estancia, un establo con un buey y una mula según la piadosa visión franciscana, se reveló y fue proclamada por los ángeles la gloria infinita de Dios en más alto de los cielos. ¿En qué consistió y consiste esa gloria? nos preguntamos. Según la Biblia ha sido Dios el que se ha manifestado a sí mismo en el esplendor de su santidad y belleza, derramadas primeramente en el universo creado. Pero, sobre todo, ha dejado ver su gloria durante contadas intervenciones en la historia humana. Para el evangelista san Juan la gloria oculta de Dios se manifestó en Jesucristo, tal y como leemos en el evangelio: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). En otras palabras, la gloria de Dios brilla en el rostro humano de Jesús. Por eso Él dijo a sus discípulos en la última cena: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Es decir, ha visto a Dios cuya bondad y belleza se reflejan en Cristo.  

2.- La gloria consiste especialmente “en que el hombre viva”

Pero no solo en Cristo. También en los que se esfuerzan en vivir y actuar conforme a la vocación cristiana se percibe esa gloria. Esto es evidente en la vida de los santos, pero está también al alcance de todos los bautizados cuando procuran vivir y actuar conforme a las enseñanzas de Jesucristo. En este sentido nadie ha de dudar que los buenos cristianos, santos ya en esta vida ellos y ellas, reflejan también los atributos divinos que brillan en Jesucristo. La segunda parte de la exclamación que he citado al principio al aludir a los hombres de buena voluntad" , nos invita a pensar que cuando los hombres vivimos y actuamos conforme a lo que Dios quiere y espera de nosotros, estamos contribuyendo a su gloria de manera que Él es glorificado en nosotros.

No es vana presunción. La gloria de Dios es el ser humano redimido por Jesucristo y que vive, obra y trabaja esforzándose en ser fiel a su Salvador. Quien ha recibido a Jesucristo en su vida, quien lo considera su Señor y Maestro, aparece ante los demás como un signo o referencia no solo del mensaje de Jesús sino también de su persona. Y en este sentido la gloria de Dios consiste en la vida de los hombres, en la vida cristiana, santificada por la oración y los sacramentos, reconciliada y perdonada cuantas veces sea necesario. El cristiano que se esfuerza, que ora y trabaja honradamente, que reconoce sus fallos y trata de corregirse, está dando gloria a Dios de manera que la gloria divina es también la vida de estos hombres.

3.- El Salvador nació hoy para todos nosotros

             La liturgia de la Navidad hace referencia muchas veces a la finalidad del nacimiento de Jesucristo “que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo”, como afirmamos en el Credo. Parece razonable que nos preguntemos qué nos ha traído este nacimiento, que nos ofrece su celebración anual al llegar la Navidad. La respuesta la encontramos en las palabras con las que se cierra el evangelio de esta noche, en el canto de los ángeles: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). La primera lectura nos recordaba ya que toda la historia de la humanidad es como un viaje, en ocasiones agotador, desde la oscuridad hacia la luz, en busca de la verdad, de la alegría y de la paz. Jesús es el "Príncipe de la paz" mencionado por el profeta Isaías, y la respuesta definitiva de Dios a las esperanzas de los hombres. En la segunda lectura san Pablo nos recordaba que Cristo se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, dedicado enteramente a las buenas obras” (Tit 2,14).

            La gran novedad del cristianismo como hecho religioso ha consistido precisamente en que la salvación de Dios se nos ofrece en forma humana, en pobreza y debilidad, en el "signo" de un niño recién nacido que asume nuestra pequeñez. Por eso la genuina tradición cristiana de la Navidad pasa necesariamente por el amor fraterno y solidario. La Navidad es una invitación a redescubrir los verdaderos valores que dan sentido a nuestra existencia: la belleza de la vida, el mérito de la generosidad, la sencillez del servicio desinteresado, la amplitud del amor a los demás. Las felicitaciones que nos intercambiamos forman parte también de ese amor y de esa generosidad. Por eso permitidme desear a todos sin excepción una feliz y santa Navidad.

+Julián, Obispo de León

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